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lunes, 24 de agosto de 2009

Cabezas cortadas

Otros pueblos han hallado el medio de convertir a sus enemigos muertos en amigos, guardianes y protectores. Este medio consiste en tratar con todo cariño las cabezas cortadas, costumbre de la que se vanaglorian determinadas tribus salvajes de Borneo. Cuando los dayaks de la costa de Sarawak traen consigo, al volver de una expedición, la cabeza de un enemigo, la tratan, durante meses enteros, con toda clase de amabilidades, dedicándole los nombres más dulces y cariñosos que el lenguaje posee, introduciéndole en la boca los mejores bocados de su comida, golosinas y cigarros, y rogándole encarecidamente que olvide a sus antiguos amigos y conceda todo su amor a sus nuevos huéspedes, pues forma ahora parte de su casa. Se equivocaría aquel que en esta macabra costumbre, tan horrible para nosotros, viera una intención irónica.

Sigmund Freud, Tótem y tabú. Alianza Editorial, 1981. p.54-5.

viernes, 17 de julio de 2009

El beso

Resulta interesante destacar que el beso ha sido para todos los pueblos una expresión de amor, de afecto, de veneración y de fervor religioso, aunque caben ciertas excepciones. Kristoffer Nyrop, en Kysset og dets historie, escribe: «En los pueblos salvajes o semisalvajes, como los neozelandeses de Oceanía, los somalíes de África y los esquimales de América, es desconocido el beso como símbolo de amor...». Los otaiti encuentran repugnante la costumbre de besarse. Los chinos, según Pablo d'Enjoy, besan solamente a su amante y lo hacen tocando la mejilla, la frente o la mano con la nariz, olfateando ligeramente, para terminar con un chasquido de los labios. C. Hentze, en Las formas de saludo en los poemas homéricos, refiere que el beso en la boca era desconocido de los griegos, y que para saludarse, se besaban en la cara, los ojos, y rara vez en las manos, al tiempo que mientras se besaban se tiraban cariñosamente de las orejas: «Ya no quiero a Acippe, dice el cabrero de Teocrito, porque la última vez que le llevé una paloma no me cogió de las orejas al abrazarme...»

Enrique Balash Blanch, El lenguaje secreto de los cuentos. Editorial Oberón, 2004. p-285-6.