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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Era todo mecánico

La dejé continuar. Apenas tenía diecinueve años, pero mostraba ya la ductilidad encallecida de la pseudointelectual. Desgranaba sus ideas con labia, pero en el fondo era todo mecánico. Cada vez que yo le brindaba una intuición, ella fingía placer:
- Oh, sí, Kaiser. Sí, chico, es muy profundo. Una comprehensión platónica del cristianismo... ¿por qué no me habré dado cuenta antes?
Hablamos alrededor de una hora, hasta que ella dijo que tenía que irse. Cuando se levantó, le tendí un billete de cien.
- Gracias, cariño.
- Puede haber muchos más.
- ¿Qué quieres decir?
Había picado su curiosidad. Volvió a sentarse.
- Supongamos que quisiera... organizar una fiesta -anuncié.
- ¿Qué clase de fiesta?
- Supongamos que quisiera tener una charla sobre Noam Chomsky con dos chicas.
- Oh, caramba.
- Si prefieres dejarlo correr...
- Tendrás que hablar con Flossie -dijo-. Eso cuesta mucho.
Era el momento de apretarle las clavijas. Lucí mi insignia de investigador privado y le informé que había caído en una trampa.
- ¿Qué?
- Soy un poli, preciosa, y discutir Melville por dinero es un 802. Te va a salir una buena temporada.

Woody Allen, La puta de Mensa. En: Cuentos sin plumas. Círculo de Lectores, 1991. p. 146.

viernes, 18 de diciembre de 2009

No encontraremos nada

¿Cuál era el elemento del pensamiento? ¿Era la célula cerebral? ¿Mediante qué procedimientos células que parecían poco diferenciadas recibían las impresiones, archivaban la memoria, fabricaban la imaginación, la voluntad y el razonamiento? En este tenor, Babeuf pasaba el día en su laboratorio haciendo cortes de cerebro, seccionándolos y examinándolos al microscopio. Conocía perfectamente la histología de todas las partes de la sustancia cerebral y la estructura de las células. Pero para el conocimiento de la verdad, la célula no ayudaba más que un acta firmada o un recibo de cuenta. Era un hecho que no revelaba la personalidad en lo más mínimo. ¿Podría desarmársele e ir más lejos? Quizá, pero Babeuf estaba convencido de que la ciencia del cuerpo humano, tal como la de los hechos humanos, tenía límites. Y repetía:

-No encontraremos nada. Jamás encontraremos nada. Pero cortemos cerebros. Sí, a trabajar. Hay que cortar cerebros.

Marcel Schwob, La mano gloriosa y otros cuentos. Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la Universidad Autónoma de México, 2006. p. 38.

viernes, 14 de noviembre de 2008

La respuesta es trescientos noventa y uno

-¡Aub! -Pronunció ese nombre monosilábico con aire autoritario, pues a fin de cuentas era un gran programador hablándole a un simple técnico-. ¡Aub! ¿cuánto es nueve por siete?
Aub titubeó un momento. Los ojos claros le destellaron de angustia.
-Sesenta y tres -respondió.
El diputado Brant enarcó las cejas.
-¿Es correcto?
-Verifíquelo usted mismo, diputado.
El diputado extrajo su ordenador de bolsillo, tocó dos veces los bordes laminados, miró la pantalla y lo guardó.
-¿Éste es el talento de que nos ha hablado? ¿Un ilusionista?
-Más que eso. Aub ha memorizado algunas operaciones y hace cálculos con ellas sobre papel.
-¿Un ordenador de papel? -dijo el general, con cara de lástima.
-No, señor -replicó Shuman con paciencia-. No un ordenador de papel, sólo una hoja de papel. General, tenga la amabilidad de sugerir un número.
-Diecisiete.
-¿Y usted, diputado?
-Veintitrés.
-Bien. Aub, multiplica esos números y muestra a los caballeros cómo lo haces.
-Sí, programador.
Agachó la cabeza. Sacó una libreta de un bolsillo de la camisa y una pluma del otro. Arrugó la frente mientras trazaba marcas en el papel.
El general Wider lo interrumpió con brusquedad.
-Veamos eso. -Aub le pasó el papel-. Bien, parece el número diecisiete.
El diputado Brant asintió.
-En efecto, pero supongo que cualquiera puede copiar números de un ordenador. Creo que yo mismo podría dibujar un diecisiete aceptable, incluso sin practicar.
-Por favor, caballeros, permitan ustedes que Aub continúe -les pidió Shuman sin acalorarse.
Aub continuó con mano trémula.
-La respuesta es trescientos noventa y uno -dijo al fin con un hilo de voz.
El diputado Brant sacó su ordenador y tecleó.
-Santo cielo, así es. ¿Cómo lo adivinó?
-No lo adivinó, diputado -le explicó Shuman. Calculó el resultado. Lo hizo con ese papel.
-Patrañas -rechazó el general con impaciencia.-. Un ordenador es una cosa y unas marcas en un papel son otra.
-Explíqueselo, Aub -ordenó Shuman.

Isaac Asimov, Sensación de poder. Contenido en Cuentos completos I; p. 277-8. Ediciones B, 2005.