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viernes, 11 de febrero de 2011

Tan sólo una piedra

Siddhartha se inclinó, levantó una piedra del suelo y la sopesó en su mano.
—Esto —dijo jugueteando— es una piedra, y dentro de un tiempo determinado quizá sea tierra, y esa tierra se convierta en planta, animal o ser humano. Pues bien, en otro tiempo hubiera dicho: «esta piedra es tan sólo una piedra, carece de valor y pertenece al mundo de Maya; pero como en el ciclo de las transformaciones tal vez llegue a convertirse en hombre o en espíritu, también he de otorgarle un valor.» Así hubiera pensado yo antes. Ahora, en cambio, pienso: esta piedra es una piedra, pero es también animal, también es Dios, también es Buda; la amo y la respeto no porque algún día pueda llegar a ser esto o lo otro, sino porque es y ha sido siempre todo. Y la amo precisamente por esto, porque es piedra y en este momento se me presenta como tal; y descubro un valor y un sentido en cada una de sus venas y concavidades, en el amarillo, en el gris, en la dureza, en el sonido que emite cuando la golpeo, en la sequedad o la humedad de su superficie. Hay piedras que ofrecen al tacto una consistencia oleaginosa o jabonosa, y otras que parecen hojas, o arena, y cada una tiene sus atributos distintivos y reza el Om a su manera, cada una es Brahma, pero al mismo tiempo es una piedra, es oleaginosa o jabonosa, y justamente esto es lo que me gusta y me parece extraordinario y digno de veneración. Pero no me hagas seguir hablando de esto. Las palabras son nocivas para el sentido secreto de las cosas; todo cambia ligeramente cuando lo expresamos, nos parece un poco deformado, un poco necio...; sí, esto también es muy bueno y me agrada mucho: también estoy de acuerdo en que lo que constituye el tesoro y la sabiduría de un ser humano ha de sonar siempre un poco necio al oído de otros.

Hermann Hesse, Siddhartha. Debolsillo, 2010. p.201-2.

lunes, 12 de enero de 2009

Tegularius

En relaciones de buena amistad con el que informa. Alumno con varias distinciones en Keuperheim, buen conocedor de la filosofía antigua, muy interesado por cuestiones filosóficas, hizo estudios sobre Leibniz, Bolzano, y más tarde, sobre Platón. Es el jugador de abalorios con más talento y brillantez que jamás he conocido. Estaría predestinado a ser Magister Ludi si su carácter, a causa de una salud muy delicada, no fuera tan poco apropiado para ello. Tegularius no debe llegar nunca a un puesto directivo o representativo ni a una función organizadora. Esto sería para él y para el cargo una verdadera desgracia. Su insuficiencia se exterioriza corporalmente en estados depresivos, períodos de insomnio y dolores nerviosos; espiritualmente se manifiesta en melancolía, violenta necesidad de estar solo, angustia ante el deber y la responsabilidad, y es de suponer que incluso en ideas de suicidio. A pesar de hallarse en tan deplorable estado se mantiene en forma sirviéndose de la meditación y de una estricta autodisciplina, con tal ánimo, que los que le tratan no tienen la menor idea de la gravedad de sus padecimientos y sólo se aperciben de su gran timidez y reserva. Si bien no está caracterizado para regir los más altos cargos, viene a ser por otra parte una pieza valiosísima e insustituible en el Vicus Lusorum. Domina la técnica de nuestro juego como un gran músico su instrumento; halla a ciegas los matices más delicados y no es de despreciar como pedagogo.

Herman Hesse, El juego de los abalorios. Alianza Editorial, 1999. pp. 157-8