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sábado, 18 de septiembre de 2010

La roca de la pereza

En general, las gentes de abolengo encuentran ante sí una roca molesta..., la roca de la pereza. Pasándose la vida, como se la pasan, curioseando en torno con el propósito de hallar alguna cosa en que emplear sus energías, extraño es comprobar cómo, sobre todo cuando sus inclinaciones son de la índole de esas que se han dado en llamar intelectuales, entréganse frecuentemente, a ciegas y al azar, a alguna miserable ocupación. De cada diez personas en tal situación nueve se dedican a atormentar a un semejante o a estropear algo, creyendo todo el tiempo, firmemente, que están enriqueciendo su mente, cuando lo cierto es que no han hecho más que traer el desorden a casa. He visto algunas (damas también, lamento tener que decirlo) salir todos los días, por ejemplo, con una caja de píldoras vacía con el fin de cazar lagartijas acuáticas, escarabajos, arañas y ranas y regresar luego a sus casas, para atravesar con alfileres a esos pobres seres indefensos o cortarlos sin el menor remordimiento en pequeños trozos. Así es como tiene uno ocasión de sorprender a su joven amo o ama escrutando, a través de un vidrio de aumento, las partes interiores de una araña o de ver cómo una rana decapitada desciende la escalera, y, si inquiere uno el motivo de tan sórdida y cruel ocupación, se les responde que la misma denota en el joven o la muchacha su vocación por la historia natural. También suele vérseles entregados durante horas y más horas a la tarea de estropear alguna hermosa flor con instrumento cortantes, impelidos por el estúpido afán de curiosear y saber de qué partes se compone una flor. ¿Tornaráse más bello su color o más dulce su fragancia cuando logremos saberlo? Pero ¡vaya!, los pobres diablos tienen que emplear, como ustedes comprenderán, de alguna forma su tiempo..., hacer algo con él. De niños, acostumbramos a chapotear en el fango más horrible con el objeto de fabricar pasteles de lodo, y de grandes nos dedicamos a chapotear de manera horrible en la ciencia, disecando arañas y estropeando flores. Tanto en uno como en otro caso, el secreto reside en la circunstancia de no tener nuestra pobre cabeza hueca en qué pensar y nada que hacer con nuestras pobres manos ociosas. Y así es como terminamos por deteriorar algún lienzo con nuestros pinceles llenado de olores la casa, o introducimos un renacuajo en una vasija de vidrio llena de agua fangosa, provocando náuseas de todos los estómagos de la casa, o desmenuzamos una piedra aquí o allá, atiborrando de arena las vituallas; o bien nos ensuciamos la manos en nuestras faenas fotográficas, mientras administramos implacable justicia sobre todos los rostros de la casa. Es difícil que todo esto sea emprendido por quienes realmente se ven obligados a trabajar para adquirir las ropas que los cubren, el techo que los ampara y el alimento que les permite seguir andando. Pero comparen los más duros trabajo que hayan tenido que ejecutar con la ociosa labor de quienes desgarran flores o hurgan en el estómago e las arañas, y agradezcan a su estrella la circunstancia de que tengan necesidad de pensar en algo y que sus manos se vean también en la necesidad de construir alguna cosa.

Wilkie Collins, La Piedra Lunar. Ed. Debolsillo, Random House Mondadori, 2004. p. 92-94.

lunes, 24 de mayo de 2010

Maravilloso, corazón maravilloso…

Un día, cuando Louisa era media docena de años más joven, se la había entreoído comenzar una conversación con su hermano, diciendo:

–Me maravilla, Tom… –y al instante, el señor Gradgrind, que era la persona que distraídamente escuchaba, dio un paso hacia la luz:

–Louisa, dijo–, maravillarse, jamás.

He aquí dónde radicaba el resorte del arte mecánico y misterioso de educar sin caer en el cultivo de los sentimientos y los afectos: en jamás maravillarse. Mediante la adición, la sustracción, la multiplicación y la división, resolverlo todo de alguna manera, pero maravillarse, jamás. Traedme, dice el señor M’Choakumchild, esos pequeñuelos que apenas saben andar, y yo me ocuparé de que no se maravillen nunca.

Charles Dickens, Tiempos difíciles. RBA Libros, 2009. p.105.

lunes, 26 de abril de 2010

La cofa

Se tienen vigías en las tres cofas, de sol a sol, alternándose los marineros por turnos regulares –como en la caña–, y relevándose cada dos horas. En el tiempo sereno de los trópicos, la cofa es enormemente agradable; incluso deliciosa para un hombre soñador y meditativo. Ahí está uno, a cien pies por encima de las silenciosas cubiertas, avanzando a grandes pasos por lo profundo, como si los palos fueran gigantescos zancos, mientras que por debajo de uno, y como quien dice entre las piernas, nadan los más enormes monstruos del mar, igual que antaño los barcos navegan entre las botas del famoso coloso de la antigua Rodas. Ahí está uno, en la secuencia infinita del mar, sin nada movido, salvo las ondas. El barco en éxtasis avanza indolentemente; soplan los perezosos vientos alisios; todo le inclina a uno a la languidez. Casi siempre, en esta vida ballenera en el trópico, a uno le envuelve una sublime ausencia de acontecimientos: no se oyen noticias, no se leen periódicos, no hay números especiales con informes sobresaltadores sobre vulgaridades que le engañen a uno excitándole sin necesidad; no se oye hablar de aflicciones domésticas, fianzas de quiebra, caídas de valores; nunca preocupa la idea de qué habrá para comer, pues todas las comidas, para tres años y más, están confortablemente estibadas en barriles, y la minuta es inmutable.

Herman Melville, Moby Dick. Círculo de Lectores, 1999. p. 218–219.

lunes, 1 de marzo de 2010

La dama debe conservar su señorío

Amor me manda que le entregue a Jaufré mi amor, mi corazón y a mí misma, y que me abandone por completo a él para hacer lo que él tenga a bien, sin que en nada le contradiga: así es como debe obrar una amiga. Y estoy dispuesta a hacerlo con voluntad, a nada que a él le plazca pedírmelo; porque Amor no puede pretender que sea yo quien vaya a rogarle y a requerirle, puesto que mi estima sería destruida. En esto, la dama debe conservar su señorío: que ha de ser el hombre quien le suplique y ella debe escucharlo, y si aquel amor no le agrada, no debe oírlo más de una vez, para no hacer concebir al enamorado una esperanza que ella no tiene en su voluntad cumplir. Pero si le agrada y considera que es como ella merece, conviene que se haga rogar tres veces por lo menos. Porque no supondrá ninguna vergüenza que aquel que quiera su amor tenga que rogárselo tres veces, antes la debería estimar más; porque los hombres son más deseosos, se muestran más ávidos y voluntariosos del objeto que les place, cuando ven que no pueden conseguirlo. Y ya, una vez que lo tienen, lo guardarán mejor que no otro que lo hubiera obtenido con mayor facilidad: porque las cosas baratas nunca son buenas.

Anónimo, Jaufré. Ed. Gredos, 1996. p. 227.

lunes, 1 de febrero de 2010

Historia del Arte

El curso de Historia del Arte tenía lugar en una cómoda sala de conferencias. El profesor se ayudaba de un puntero para comentar las obras de arte que iba proyectando. La sala, sumida en la oscuridad, parecía un cuerpo que respirara con pasión y prudencia. Asistían parejas mundanas, alumnas que despreciaban el sentimentalismo y alumnos que sabían aprovechar lo que ellas no despreciaban. Se sentaban todos muy juntos, con las carteras y los abrigos sobre las rodillas. Todos ensayaban, con los dientes apretados, el mismo gesto aprendido en alguna novela en vogue. Poco a poco dejaban de sentirse cohibidos. Todos sabían que su vecino o su vecina estaban igual de excitados que ellos. Nadie se molestaba por un suspiro demasiado sincero. La luz los sorprendía a todos ruborizados, nerviosos y sofocados.

Los rumores sobre lo que se cocía en el curso de Historia del Arte llegaron sorprendentemente lejos. Así, solíamos encontrarnos a la salida con alumnos de la Politécnica e incluso con alumnas de Farmacia. Un amigo de Derecho venía siempre con un señorita guapa y vivaracha que no había logrado aprobar la formación profesional. Las pocas estudiantes formales que asistían se refugiaban en los primeros pupitres o se sentaban en las sillas plegables. Los chicos se mostraban descarados.

También los profesores estaban al corriente de lo que sucedía en la sala de conferencias. Pero el curso de Historia del Arte sólo se podía impartir en la oscuridad. Además, el vicio era inofensivo y la práctica, universal.

Mircea Eliade, La novela del adolescente miope. Editorial Impedimenta, 2009. p. 298.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Los detalles

Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía feliz en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre.
Éste es el cuento, en suma, y podríamos haberlo dejado aquí si no fuera por el interés y el placer de narrarlo. Pues aunque basta el espacio de una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre, los detalles siempre se agradecen.

Vladimir Nabokov, Risa en la oscuridad. Círculo de Lectores, 2000. p. 7

lunes, 5 de octubre de 2009

El pie

Es cosa singular que el pie del hombre -lo mismo que la mano, extremidad ésta con la que estamos si cabe más familiarizados, y acaso aún en mayor medida-, resulta rara vez hermoso en los adultos civilizados que transitan por el mundo con él embutido en botas y zapatos de cuero. Esa fealdad del pie motiva que prefiramos llevar esas partes del cuerpo vergonzosamente ocultas, como cosa que hay que esconder y olvidar. A veces los pies de las mujeres son verdaderamente espantosos, y son lo más antiestético que puede imaginarse en los individuos más bellos, más distinguidos y más perfectos de su sexo. Su fealdad, en ocasiones, es tal que hiela y mata todo romanticismo, haciendo añicos el tierno sueño del amor y amenazando, incluso, con partir el corazón del joven amante.

Y todo por la insistencia en usar un tacón alto y una punta de zapato ridículamente fina. ¡Mediocre espectáculo, por cierto!

George du Maurier, Trilby. Ed. Verticales de Bolsillo, 2008. p. 27-28

lunes, 14 de septiembre de 2009

Los Hollister

-¿Cuál es la sorpresa secreta, papaíto?, preguntó la chiquitina Sue Hollister.
-Sí -adujo Holly-. Nos prometiste una sorpresa y hemos venido a verla.
Los cinco hermanos Hollister acababan de entrar en el Centro Comercial, una tienda con departamentos de ferretería, artículos deportivos y juguetes, situada en el sector comercial de Shoreham, y que estaba dirigida por su padre.
-Venid por aquí-, les contestó el señor Hollister, un hombre alto y atlético, conduciéndoles a la trastienda.
Los cinco niños rebosaban entusiasmo y emoción, mientras seguían a su padre. Sue, la más pequeña, tenía cuatro años y el cabello muy rubio; iba de la mano de su padre. Junto a ella caminaba su hermana de seis años, Holly, retorciéndose una de las trencitas. A continuación avanzaba el pelirrojo Ricky, un pecosillo de 8 años. Pam y Pete cerraban la marcha. Pam, de diez años, tenía el cabello ondulado y moreno, y una dulce sonrisa. Pete, con dos años más que Pam, llevaba el pelo alborotado y era un muchachito guapo y cortés.
Una vez en la trastienda, el señor Hollister se detuvo y señaló la pared. -Ahí está la sorpresa-, dijo.
-¡Son relojes de cuco!-, exclamaron a coro los niños.

Jerry West, Los Hollister y el reloj de cuco. Ediciones Toray, 1985. p. 7-8.

lunes, 17 de agosto de 2009

Cada uno en su orilla

Dios volvió a ser la Todopoderosa Negación de siempre. Sin embargo, no puedo tenerle rencor, no puedo manosearlo con mi odio. Sé que me dio la oportunidad y que no supe aprovecharla. Quizás algún día pueda asir ese argumento único, decisivo, pero para entonces yo ya estaré atrozmente ajado y este presente más ajado aún. A veces pienso que si Dios jugara limpio, también me habría dado el argumento que debía usar contra él. Pero no. No puede ser. No quiero un Dios que me mantenga, que no se decida a confiarme la llave para volver, tarde o temprano, a mi conciencia; no quiero un Dios que me brinde todo hecho, como podría hacer uno de esos prósperos padres podridos en plata, con su hijito pituco e inservible. Eso sí que no. Ahora las relaciones entre Dios y yo se han enfriado. Él sabe que no soy capaz de convencerlo. Yo sé que él es una lejana soledad, a la que no tuve ni tendré nunca acceso. Así estamos, cada uno en su orilla, sin odiarnos, sin amarnos, ajenos.

Mario Benedetti, La tregua. Alianza-Nueva Imagen, 1985. p. 161

lunes, 3 de agosto de 2009

La isla de las mujeres

Aquí podemos relatar lo que ocurrió con las mujeres de Lemnos como resultado de la visita del Argo a su hospitalaria isla. Cincuenta mujeres dieron a luz niñas, y nada menos que ciento cincuenta dieron a luz niños. De estos hijos, sesenta y nueve eran de constitución robusta, ojos vivos y temperamento vivo, lo cual los distinguía como hijos de Hércules; quince se parecían al gran Anceo, que también engendró tres niñas; doce niños y cinco niñas se parecían a Idas; y de este modo, en orden descendente hasta llegar al pequeño Anceo que sólo engendró una niña.

Jasón le dio a Hipsípila dos hijos gemelos, llamados Euneo y Nebrófono, de los cuales Euneo, por ser el mayor, llegó a gobernar Lemnos como su rey y se casó con Lalage, la hija del pequeño Anceo, y fue famoso por sus bien plantados viñedos. Sin embargo, el Argo ya no volvió a atracar en Mirina y Jasón se olvidó de Hipsípila, del mismo modo que después se olvidó de otras mujeres; pero Hilas no olvidó a Ifínoe porque era un muchacho muy impresionable.

Robert Graves, El vellocino de oro. Edhasa, 1998. p. 161.

lunes, 27 de julio de 2009

Laurel Bank

El chico se detuvo. Estaban pasando frente a una gran casa de estilo Victoriano, llamada “Laurel Bank”. Al final del breve camino interior de la finca vieron la puerta de la entrada abierta, lo que les permitió descubrir una mesita cuadrada de roble adosada a la pared del vestíbulo. En la mesa había un bastidor pequeño de cuero con los nombres: “Teniente Coronel Masters”, “ Señora Masters” y “Señorita Diana Masters”. En el punto opuesto distinguieron una ranura en la que había sido encajada una tarjeta impresa con la palabra “AUSENTES”.

-En ocasiones la tarjeta dice: “EN CASA”-aclaró Guillermo- ¡Troncho! Esa gente piensa que a los demás nos ha de importar mucho que estén dentro o fuera de la casa. ¡Se deben de considerar muy importantes!

La verdad era que a Guillermo el dispositivo en cuestión le había fascinado desde la primera vez que lo viera.

-Son nuevos vecinos, ¿no? –preguntó Pelirrojo.

-Sí. Llegaron a esta casa el mes pasado. Roberto está loco por la chica.

-¡Bah! También lo estaba por la muchacha que vivía aquí antes, ¿ no te acuerdas?

Guillermo suspiró. Las veleidades de su hermano, siempre andando tras una u otra chica de la vecindad, le producían una humillante sensación. Guillermo era -mejor dicho él se creía ser-, un enemigo de las mujeres, considerándose invulnerable ante los ataques y ardides más atractivos y sugerentes del sexo opuesto.

Richmal Crompton, Guillermo, buscador de tesoros. Editorial MOLINO, Barcelona, 1980. p. 9-10

lunes, 6 de julio de 2009

Bonjour, s'il vous plaît, merci, au revoir!

Les portes vitrées d'une grande librairie parisienne s'ouvrirent sur les pas d'un client visiblement pressé. Chapeau sur la tête, écharpe nouée autour du cou, il se dirigeait vers le rayon des livres scolaires. Peerchée sur une échelle, une vendeuse énonçait à voix haute les titres et quantités des ouvrages rangés dans les rayonnages, pendant que Mathias en reportait les références sur un cahier. Sans autre préambule, le client leur demanda d'un ton peu avenant où se trouvaient les oeuvres complètes de Victor Hugo dans la Pléiade.

- Quel volume? Interrogea Mathias en levant un oeil de son cahier.

- Le premier, répondit l'homme, d'un ton encore plus sec.

La jeune vendeuse se contorsionna et attrapa le livre du but des doigts. Elle se pencha pour le donner à Mathias. L'homme au chapeau s'en saisit prestement et se dirigea vers la caisse. La vendeuse échangea un regard avec Mathias. Les mâchoires serrés, il posa son cahier sur le comptoir et courut derrière le client.

- Bonjour, s'il vous plaît, merci, au revoir! Hurla-t-il en lui barrant l'accès à la caisse.

Stupéfait, le client essaya de le contourner; Mathias lui arracha le livre des mains avant de retourner à son travail, en répétant à tue-tête «Bonjour, s'il vous plaît, merci, au revoir!». Quelques clients assistaient à la scène, effarés. L'homme au chapeau quitta le magasin, furieux, la caissière haussa les épaules, la jeune vendeuse, toujours sur son échelle, eut bien du mal à garder son serieux et le propietaire de la librairie pria Mathias de passer le voir avant la fin de la journée.

Marc Levy, Mes amis Mes amours. Éditions Robert Laffont, S.A. Susanna Lea Associates, Paris 2006. p. 14-5

miércoles, 20 de mayo de 2009

(If it was 1984)

Since about that time, war had been literally continuous, though strictly speaking it had not always been the same war. For several months during his childhood there had been confused street fighting in London itself, some of which he remembered vividly. But to trace out the history of the whole period, to say who was fighting whom at any given moment, would have been utterly impossible, since no written record, and no spoken word, ever made mention of any other alignment than the existing one. At this moment, for example, in 1984 (if it was 1984), Oceania was at war with Eurasia and in alliance with Eastasia. In no public or private utterance was it ever admitted that the three powers had at any time been grouped along different lines. Actually, as Winston well knew, it was only four years since Oceania had been at war with Eastasia and in alliance with Eurasia. But that was merely a piece of furtive knowledge which he happened to posses because his memory was not satisfactorily under control. Officially the change of partners had never happened. Oceania was at war with Eurasia: therefore Oceania had always been at war with Eurasia. The enemy of the moment always represented absolute evil, and it followed that any past or future agreement with him was impossible.

George Orwell, Nineteen Eighty-Four. Penguin Books, 2000. p. 36

lunes, 11 de mayo de 2009

Una ciudad en la noche

Una ciudad en la noche vista desde el cielo. Piensa. Una casa, una luz que se apaga. Al instante un número indeterminado de luces a su alrededor también se apagan, y en cascada el círculo oscuro va ampliando su radio hasta que toda la ciudad deja de verse. Piensa. Un país en la noche visto desde el cielo, una ciudad es un punto de luz que de repente se apaga. Inmediatamente después van apagándose en círculo las ciudades próximas hasta que la oscuridad del país alcanza sus fronteras. Piensa. Un continente visto en la noche desde el cielo. La luz que es un solo país se apaga y así todas hasta volverse negro el continente. Piensa. El Globo Terráqueo visto en la noche desde el cielo. Cada continente es un punto de luz que ahora se apaga. Por efecto dominó se apagan todos los continentes adyacentes hasta quedar en tiniebla toda esa cara de la Tierra. Piensa. Sólo eso, piensa. En la otra cara aún es de día. Pero piénsalo bien.

Agustín Fernández Mallo, Nocilla Dream; p.158. Ed. Candaya, 2007.

miércoles, 1 de abril de 2009

Burning passion

'[...] At length I wandered towards these mountains, and have ranged through their immense recesses, consumed by a burning passion which you alone can gratify. We may not part until you have promised to comply with my requisition. I am alone, and miserable; man will not associate with me; but one as deformed and horrible as myself would not deny herself to me. My companion must be of the same species, and have the same defects. This being you must create.'

Mary Shelley, Frankenstein. Penguin, 2003. p.145-6

miércoles, 25 de febrero de 2009

Late improvements in Galvanism

In 1803, Giovanni Aldini, nephew of the Italian anatomical experimenter Luigi Galvani, had published an extraordinary book in London. Its full title was 'An Account of the late Improvements in Galvanism; with a series of curious and interesting experimtents performed before the Commissioners of the French National Institute, and Repeated lately in the Anatomical Theatres of London. To which is added an appendix containing experiments on the body of a malefactor executed at Newgate...'

[...] For the first experiments, he reports that 'On the first application of the [electric] arcs the jaw began to quiver, the adjoining muscles were horribly contorted, and the left eye actually opened.' The third experiment was more elaborate: 'The conductors being applied to the ear, and to the rectum, excited in the muscle contractions much stronger than in the preceding experiments. The action even of those muscles furthest distant from the points of contact with the arc was so much increased as almost to give an appearance of re-animation.'
By the fourth experiment, Aldini reports that the effect 'surpassed our most sanguine expectations, and vitality might, perhaps, had been restored, if many circumstances had not rendered it impossible'. He does not tell us what the 'many circumstances' were that prevented re-animation of the deceased murderer, and Aldini, despite his bizarrely heroic efforts, never did make the ultimate breakthrough, as the fictional Frankenstein would.

Maurice Hindle, Introducción a: Mary Shelley, Frankenstein. Penguin, 2003. p.xli-xlii.

sábado, 7 de febrero de 2009

Miles y miles de personas

Veo-un-Pájaro por lo visto había estado pensando en lo que le había dicho anteriormente acerca de la población de Londres.
-¡Debe de ser terrible vivir allí -dijo- con unos diez millones de habitantes ocupando un territorio que aquí sólo albergaría a cinco o diez mil! Cada vez que deja su casa para visitar a un amigo en otra parte de la ciudad, debe de cruzarse con miles de personas nuevas.
-¿Y qué tiene esto de terrible?
-Pues no me va a negar que cada vez que ve una cara nueva en la calle, aunque no se intercambien saludos, existe siempre una especie de contacto, un reconocimiento; no sólo tomará nota de la cara, sino que además la resumirá mentalmente y la almacenará en su memoria. Cada contacto personal es un gasto de energía mental. Aquí conocemos prácticamente a todo el mundo de vista, así que nuestros encuentros casuales poco les piden a nuestras energías, y en días de grandes festivales nos ofuscamos los sentidos bebiendo. Pero las visitas a otras regiones nos resultan agotadoras; el cerebro, al cabo de un rato, empieza a marearse por exceso de trabajo. Es por esos que viajamos poco, y es por eso también que cuando vamos al extranjero nuestros anfitriones ya procuran exponernos al menor número posible de contactos personales. Cuando intento imaginarme miles y miles de personas, todas con vestidos diferentes y mentes completamente desorganizadas entre sí, entrecruzándose por las vidas de los demás sin conocer ni saludar, cada uno buscando un camino propio, un camino competitivo, creo que esto me mataría.

Robert Graves, Siete días en Nueva Creta. Seix Barral, 1997. p. 28-9.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Jawohl

25 de enero. Fue el turno de Sómogyi. Era un químico húngaro de unos cincuenta años, delgado, alto y taciturno. Como el holandés, estaba convaleciente de tifus y de escarlatina; pero le sobrevino algo nuevo. Fue presa de una fiebre muy alta. Desde hacía tal vez cinco días no había dicho palabra: abrió la boca aquel día y dijo con voz enérgica:
-Tengo una ración de pan debajo del jergón. Repartíosla vosotros tres. Yo ya no volveré a comer.
No supimos qué decir, pero de momento no tocamos el pan. Se le había hinchado la mitad de la cara. Mientras permaneció consciente, continuó encerrado en un silencio áspero.
Pero por la tarde, y durante toda la noche, y durante dos días sin interrupción, el silencio fue roto por el delirio. Entregado a un último e interminable sueño de liberación y esclavitud, empezó a murmurar Jawohl a cada expiración de aire; regular y constante como una máquina, Jawohl a cada bajada de su pobre hilera de costillas, miles de veces, hasta dar ganas de sacudirlo, de sofocarlo, o de que, por lo menos, cambiase de palabra.
Nunca he comprendido como entonces lo trabajosa que es la muerte de un hombre.

Primo Levi, Si esto es un hombre. En: Trilogía de Auschwitz, El Aleph Editores, 2008. p.210-1

lunes, 2 de febrero de 2009

Lo-lee-ta

Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta.
She was Lo, plain Lo, in the morning, standing four feet ten in one sock. She was Lola in slacks. She was Dolly at school. She was Dolores on the dotted line. But in my arms she was always Lolita.

Vladimir Nabokov, Lolita. Penguin, 2000. p. 9.

miércoles, 14 de enero de 2009

El silencio

Al poco tiempo no percibía ya ningún sonido -ni los ventiladores, ni los latidos de su propio corazón-. El silencio nocturno a bordo de una nave espacial era completamente distinto a cualquier otro silencio que hubiera experimentado nunca. El silencio terrestre tiene sus límites, se puede sentir su carácter transitorio y finito. Incluso cuando se encuentra uno en medio de las dunas lunares lleva consigo su propio, pequeño silencio; atrapado dentro del traje, magnifica cada crujido de las correas, cada chasquido de las articulaciones, cada latido del pulso -incluso la respiración misma-. Sólo en una nave espacial durante la noche es posible sumergirse en un silencio negro y glacial.

Stanislaw Lem, Relatos del piloto Pirx; p.144. Ed. Alianza, 2005