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sábado, 18 de septiembre de 2010

La roca de la pereza

En general, las gentes de abolengo encuentran ante sí una roca molesta..., la roca de la pereza. Pasándose la vida, como se la pasan, curioseando en torno con el propósito de hallar alguna cosa en que emplear sus energías, extraño es comprobar cómo, sobre todo cuando sus inclinaciones son de la índole de esas que se han dado en llamar intelectuales, entréganse frecuentemente, a ciegas y al azar, a alguna miserable ocupación. De cada diez personas en tal situación nueve se dedican a atormentar a un semejante o a estropear algo, creyendo todo el tiempo, firmemente, que están enriqueciendo su mente, cuando lo cierto es que no han hecho más que traer el desorden a casa. He visto algunas (damas también, lamento tener que decirlo) salir todos los días, por ejemplo, con una caja de píldoras vacía con el fin de cazar lagartijas acuáticas, escarabajos, arañas y ranas y regresar luego a sus casas, para atravesar con alfileres a esos pobres seres indefensos o cortarlos sin el menor remordimiento en pequeños trozos. Así es como tiene uno ocasión de sorprender a su joven amo o ama escrutando, a través de un vidrio de aumento, las partes interiores de una araña o de ver cómo una rana decapitada desciende la escalera, y, si inquiere uno el motivo de tan sórdida y cruel ocupación, se les responde que la misma denota en el joven o la muchacha su vocación por la historia natural. También suele vérseles entregados durante horas y más horas a la tarea de estropear alguna hermosa flor con instrumento cortantes, impelidos por el estúpido afán de curiosear y saber de qué partes se compone una flor. ¿Tornaráse más bello su color o más dulce su fragancia cuando logremos saberlo? Pero ¡vaya!, los pobres diablos tienen que emplear, como ustedes comprenderán, de alguna forma su tiempo..., hacer algo con él. De niños, acostumbramos a chapotear en el fango más horrible con el objeto de fabricar pasteles de lodo, y de grandes nos dedicamos a chapotear de manera horrible en la ciencia, disecando arañas y estropeando flores. Tanto en uno como en otro caso, el secreto reside en la circunstancia de no tener nuestra pobre cabeza hueca en qué pensar y nada que hacer con nuestras pobres manos ociosas. Y así es como terminamos por deteriorar algún lienzo con nuestros pinceles llenado de olores la casa, o introducimos un renacuajo en una vasija de vidrio llena de agua fangosa, provocando náuseas de todos los estómagos de la casa, o desmenuzamos una piedra aquí o allá, atiborrando de arena las vituallas; o bien nos ensuciamos la manos en nuestras faenas fotográficas, mientras administramos implacable justicia sobre todos los rostros de la casa. Es difícil que todo esto sea emprendido por quienes realmente se ven obligados a trabajar para adquirir las ropas que los cubren, el techo que los ampara y el alimento que les permite seguir andando. Pero comparen los más duros trabajo que hayan tenido que ejecutar con la ociosa labor de quienes desgarran flores o hurgan en el estómago e las arañas, y agradezcan a su estrella la circunstancia de que tengan necesidad de pensar en algo y que sus manos se vean también en la necesidad de construir alguna cosa.

Wilkie Collins, La Piedra Lunar. Ed. Debolsillo, Random House Mondadori, 2004. p. 92-94.

lunes, 13 de julio de 2009

Cuatro horas

Cuando la instrucción esté terminada, nadie debe verse "obligado" a trabajar, y los que no quieren trabajar deben recibir lo que necesiten para vivir, dejándles completamente libres; pero probablemente sería desable intentar crear en la opinión pública un fuerte sentimiento a favor del trabajo, de suerte que habría comparativamente pocos que se decidieran por la pereza. Una gran ventaja de que la pereza sea "económicamente" posible es que daría un fuerte motivo para no hacer el trabajo desagradable, y ninguna comunidad en la cual se pueda decir que la mayor parte del trabajo es desagradable puede considerar que ha solucionado sus problemas económicos. Creo que es razonable presumir que muy pocos escogerían la pereza, cuando uno piensa en que, por lo menos, nueve de diez que tengan, por ejemplo, una renta de cien libras por año prefieren aumentar sus ingresos con algún trabajo remunerador.

Por considerar que la gran mayoría no escogerá la pereza, creo se puede suponer que, con la ayuda de la ciencia y elminando la enorme cantidad de trabajo estéril, resultado de la concurrencia nacional e internacional, la comunidad entera puede ser mantenida cómodamente por medio de cuatro horas diarias de trabajo.

Bertrand Russell, Cómo se podría organizar el mundo. En: Antología. Siglo XXI Editores, 1973. p. 42.

miércoles, 11 de marzo de 2009

El auténtico bien

Se suele afirmar que la ociosidad es la madre de todos los vicios. Para evitar este mal se recomienda con insistencia el trabajo. No obstante, si examinamos más de cerca tanto el temido peligro como el remedio recomendado, veremos con facilidad que la afirmación anterior, tomada en bloque, es de lo más plebeya que pueda imaginarse. La ociosidad en cuanto tal no es en absoluto la raíz de todos los vicios, sino que más bien significa, si no hay aburrimiento por medio, un modo de auténtica vida divina. Es verdad que el ocio puede dar ocasión a que se pierda toda la fortuna que se tiene u otras cosas por el estilo, pero el que es de naturaleza noble no teme nada de eso, sino que solamente le da miedo el aburrimiento. Los dioses del Olimpo no se aburrían, al revés, vivían dichosos en una ociosidad feliz. Una belleza femenina que no cose, ni hila, ni teje, ni se dedica a la lectura o a la música, también es feliz en la plena ociosidad, puesto que no se aburre. La ociosidad, pues, dista mucho de ser la raíz de todos los males, tantísimo que la podemos llamar el auténtico bien.

Sören Kierkegaard. La rotación de los cultivos y El más desgraciado. Be-uve-dráis editores, 2005. p.20-1.