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lunes, 3 de agosto de 2009

La isla de las mujeres

Aquí podemos relatar lo que ocurrió con las mujeres de Lemnos como resultado de la visita del Argo a su hospitalaria isla. Cincuenta mujeres dieron a luz niñas, y nada menos que ciento cincuenta dieron a luz niños. De estos hijos, sesenta y nueve eran de constitución robusta, ojos vivos y temperamento vivo, lo cual los distinguía como hijos de Hércules; quince se parecían al gran Anceo, que también engendró tres niñas; doce niños y cinco niñas se parecían a Idas; y de este modo, en orden descendente hasta llegar al pequeño Anceo que sólo engendró una niña.

Jasón le dio a Hipsípila dos hijos gemelos, llamados Euneo y Nebrófono, de los cuales Euneo, por ser el mayor, llegó a gobernar Lemnos como su rey y se casó con Lalage, la hija del pequeño Anceo, y fue famoso por sus bien plantados viñedos. Sin embargo, el Argo ya no volvió a atracar en Mirina y Jasón se olvidó de Hipsípila, del mismo modo que después se olvidó de otras mujeres; pero Hilas no olvidó a Ifínoe porque era un muchacho muy impresionable.

Robert Graves, El vellocino de oro. Edhasa, 1998. p. 161.

viernes, 10 de julio de 2009

A solas y a puerta cerrada

Evita comer en compañia. No le gusta hacerlo a horas fijas. Aborrece haber de esperar más de dos minutos para que le sirvan, y consumir más de cinco en la función de alimentarse. Por esta razón, se nutre principalmetne de pan y mantequilla. Y prefiere el agua como bebida. Opina que alimentarse es una actividad muy íntima, y que debería efectuarse en un cuartito, a solas y a puerta cerrada. Come, llegado el momento -poco frecuente-, con indiferencia, de manera distraída. Vino a verme en su motocicleta de carreras a la hora del desayuno: había salvado trescientos sesenta kilómetros en trescientos minutos. No quiso desayunar. Le pregunté luego cómo era el rancho del campamento.
-Raramente lo pruebo, pero es bastante bueno. Ahora estoy en el almacén de intendente, de modo que necesito muy poca cosa.
-¿Cuándo comió por última vez? -pregunté.
-El miércoles.
Por lo visto había consumido algo de chocolate, una naranja y una taza de té. Estábamos a sábado. Creo haber colocado unas manzanas a su alcance y, al cabo de cierto tiempo, tomó una. La fruta es su único sibaritismo [...] Tiene la costumbre de renunciar de tarde en tarde a la comida durante tres días -en pocas ocasiones cinco- para comprobar que puede efectuarlo sin preocuparse ni resentirse. El ayuno, a su juicio, aguza la percepción y es buen ejercicio preparatorio para los malos tiempos. Y han abundado en su existencia.

Robert Graves, Lawrence y los árabes. Ediciones Península, 2006. p. 37.

sábado, 7 de febrero de 2009

Miles y miles de personas

Veo-un-Pájaro por lo visto había estado pensando en lo que le había dicho anteriormente acerca de la población de Londres.
-¡Debe de ser terrible vivir allí -dijo- con unos diez millones de habitantes ocupando un territorio que aquí sólo albergaría a cinco o diez mil! Cada vez que deja su casa para visitar a un amigo en otra parte de la ciudad, debe de cruzarse con miles de personas nuevas.
-¿Y qué tiene esto de terrible?
-Pues no me va a negar que cada vez que ve una cara nueva en la calle, aunque no se intercambien saludos, existe siempre una especie de contacto, un reconocimiento; no sólo tomará nota de la cara, sino que además la resumirá mentalmente y la almacenará en su memoria. Cada contacto personal es un gasto de energía mental. Aquí conocemos prácticamente a todo el mundo de vista, así que nuestros encuentros casuales poco les piden a nuestras energías, y en días de grandes festivales nos ofuscamos los sentidos bebiendo. Pero las visitas a otras regiones nos resultan agotadoras; el cerebro, al cabo de un rato, empieza a marearse por exceso de trabajo. Es por esos que viajamos poco, y es por eso también que cuando vamos al extranjero nuestros anfitriones ya procuran exponernos al menor número posible de contactos personales. Cuando intento imaginarme miles y miles de personas, todas con vestidos diferentes y mentes completamente desorganizadas entre sí, entrecruzándose por las vidas de los demás sin conocer ni saludar, cada uno buscando un camino propio, un camino competitivo, creo que esto me mataría.

Robert Graves, Siete días en Nueva Creta. Seix Barral, 1997. p. 28-9.