Los rumores sobre lo que se cocía en el curso de Historia del Arte llegaron sorprendentemente lejos. Así, solíamos encontrarnos a la salida con alumnos de la Politécnica e incluso con alumnas de Farmacia. Un amigo de Derecho venía siempre con un señorita guapa y vivaracha que no había logrado aprobar la formación profesional. Las pocas estudiantes formales que asistían se refugiaban en los primeros pupitres o se sentaban en las sillas plegables. Los chicos se mostraban descarados.
También los profesores estaban al corriente de lo que sucedía en la sala de conferencias. Pero el curso de Historia del Arte sólo se podía impartir en la oscuridad. Además, el vicio era inofensivo y la práctica, universal.
Mircea Eliade, La novela del adolescente miope. Editorial Impedimenta, 2009. p. 298.