Mostrando entradas con la etiqueta Stanislaw Lem. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Stanislaw Lem. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de mayo de 2009

Cinco mil millones de cuerpos

En cambio, las estadísticas de la primera sección son irrefutables. Muestran cuánta gente, y también cuántos cuerpos humanos vivos, hay en cada minuto entresacado de los 525 600 minutos de cada año. Cuántos músculos, huesos, cuánta bilis, sangre, saliva, cuánto líquido cefalorraquídeo, cuántos excrementos, etc. Como es habitual, cuando la cantidad que hay que imaginar es muy grande, el profesor tiende a hacer comparaciones ilustrativas, y lo mismo hacen los Johnson. Así pues, si se acumulase y apretase toda la humanidad en un sitio, ocuparía trescientos mil millones de litros, o sea, casi una tercera parte de un kilómetro cúbico. Parece mucho, pero todos los océanos del planeta contienen mil doscientos ochenta millones de kilómetros cúbicos de agua. Entonces, si toda la humnidad, es decir, cinco mil millones de cuerpos, fuera arrojada al mar, el nivel no subiría ni una centésima de milímetro. Después de ese chapuzón, la Tierra quedaría desierta para siempre. Este tipo de juegos estadísticos se consideran, y con razón, bastante baratos.

Stanislaw Lem, Provocación. Editorial Funambulista, 2008. p. 138-9.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Realidades alternativas

Generalmente, el planteamiento de realidades alternativas se caracteriza por una gran incertidumbre; sin embargo, la situación en el tablero mundial respondía por aquel entonces a una lógica necesaria a la que tenían que someterse todos los combatientes. Las victorias de Hitler en el Este hubieran impulsado a los americanos a abalanzarse sobre Japón con ataques nucleares para vencerlo antes de que consiguiera ayuda alemana. El descubrimiento de las armas atómicas habría involucrado a su vez a los adversarios, ahora ya continentales, Alemania y Estados Unidos, en una carrera nuclear en la que los americanos, bastante adelantados, habrían tenido ventaja desde el principio y simplemente la habrían aprovechado devastando Alemania con radiaciones en el año 1946 o 1947, es decir, antes de que la física teórica alemana, diezmada por HItler, hubiera podido introducir en su arsenal medios nucleares. No habría sido posible una tregua intercontinental ni una división del mundo en dos zonas de influencia, ya que al entrar en el escenario las armas nuclares y estando América en guerra con Alemania, habría sido un suicidio por parte de los Estados Unidos esperar hasta que los alemanes construyeran sus bombas atómicas. Si el atentado del 20 de julio de 1944 hubiera tenido éxito, el grado de destrucción de Alemania habría resultado menor que el que tuvo lugar en realidad, después de la capitulación en 1945, y si ésta no hubiera sucedido en aquel momento, entonces, en el año 46 o 47, Alemania se habría convertido en polvo radioactivo.

Stanislaw Lem, Provocación. Editorial Funambulista, 2008. p.40-1

miércoles, 14 de enero de 2009

El silencio

Al poco tiempo no percibía ya ningún sonido -ni los ventiladores, ni los latidos de su propio corazón-. El silencio nocturno a bordo de una nave espacial era completamente distinto a cualquier otro silencio que hubiera experimentado nunca. El silencio terrestre tiene sus límites, se puede sentir su carácter transitorio y finito. Incluso cuando se encuentra uno en medio de las dunas lunares lleva consigo su propio, pequeño silencio; atrapado dentro del traje, magnifica cada crujido de las correas, cada chasquido de las articulaciones, cada latido del pulso -incluso la respiración misma-. Sólo en una nave espacial durante la noche es posible sumergirse en un silencio negro y glacial.

Stanislaw Lem, Relatos del piloto Pirx; p.144. Ed. Alianza, 2005

lunes, 10 de noviembre de 2008

Ningunos ojos que puedan contemplarlo

-¿Qué piedrecita?
- Tengo más como ésta. Una es de Kerenea, otra del planetoide de Thomas... ¡pero no pienses que he hecho una colección! Estas piedrecitas se metieron simplemente en las ranuras de mis suelas. Olaf las extrajo, les puso el letrero correspondiente y las conservó. No pude quitarle la idea de la cabeza. Es una tontería, pero... tengo que contarte esto. Sí, he de hacerlo para que no pienses que allí todo era horrible y no ocurría nada más que accidentes mortales. Verás..., imagínate una reunión de mundos. Primero rosa, un espacio infinito del rosa más fino y pálido, y en él , penetrando en él, un segundo espacio ya más oscuro y después de un rojo ya casi azulado, pero muy lejos, y rodeándolo todo, la fosforescencia, sin gravedad, no como una nube ni como la niebla..., diferente. No encuentro palabras para explicarlo. Salimos los dos del cohete y lo contemplamos. Eri, no lo comprendo. Verás, incluso ahora siento un nudo en la garganta , de tan hermoso que era. Piensa esto: allí no hay vida. No hay plantas, animales, ni pájaros, nada, ningunos ojos que puedan contemplarlo. Estoy completamente seguro de que desde la creación del mundo nadie lo había visto, y Arden y yo fuimos los primeros. Y si nuestro gravímetro no se hubiera estropeado, por lo que tuvimos que aterrizar allí para arreglarlo, pues el cuarzo estaba roto y se había escapado el mercurio, nadie habría estado allí hasta el fin del mundo, nadie lo habría visto. ¡Es realmente misterioso! Se tienen unos deseos directos... Oh, no sé... No podíamos irnos, sencillamente. Olvidamos por qué habíamos aterrizado y permanecimos quietos, mirando.

Stanislaw Lem, Retorno de las estrellas; p.288. Ed. Alianza, 2005