«Nosotros, el omnipotente Lucifer, secundado por Satanás, Belcebú, Leviatán, Elimi, Astaroth y otros, aceptamos en el día de hoy el pacto de sumisión de Urbain Grandier, quien está de nuestra parte. Y le prometemos el amor de las mujeres, la flor de las vírgenes, la castidad de las monjas, los honores del mundo, los placeres y las riquezas. Fornicará cada tres días; la embriaguez será querida para él. Nos ofrecerá una vez al año un tributo marcado con su sangre; pisoteará los Sacramenteos de la Iglesia, y nos rezará a nosotros sus oraciones. En virtud de este pacto, vivirá feliz durante veinte años en la tierra, entre los hombres, y finalmente vendrá a nosotros para maldecir a Dios. Hecho en el infierno, en la asamblea de los diablos».
Frank Donovan, Historia de la brujería. Editorial Alianza, 1978. p.124.
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lunes, 21 de diciembre de 2009
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Máscaras con cuernos
No está claro hasta qué punto adoraban las brujas al diablo. La idea de que lo hacían fue concebida por la Iglesia, dado que, de manera incuestionable, hizo de la brujería una herejía. Antes de ser acusadas de adorar al diablo, la Iglesia, por medio del Canon episcopi, proclamó que adoraban a Diana. En los sabbats y demás reuniones, los que dirigían solían llevar máscaras con cuernos y pieles de animales, cosas que la Iglesia condenó siempre. A otros maestros se les describía vistiendo ropas negras semejantes a las que se atribuían al diablo. Estos dirigentes eran indudablemente sacerdotes humanos que hacían de manifestaciones del dios de las brujas, ya fuera este el diablo o el dios cornudo de las creencias primitivas.
Tras un siglo de repetir que adoraban al diablo, muchas brujas ignorantes acabaron por creerlo. Efectivamente, centenares de ellas confesaron tal herejía, aunque en la mayoría de las confesiones eran los inquisidores quienes introducían al diablo, y las brujas asentían bajo tortura. Es posible, también, que algunas de las brujas que supuestamente confesaron que el diablo era su dios no llegaran jamás a decir esto en realidad. Las confesiones eran anotadas por monjes que estaban firmemente convencidos de que las brujas adoraban al diablo, y estos escribas de la Iglesia pudieron poner la palabra diablo allí donde la bruja hizo referencia a su señor dios. La bruja ignorante no habría visto la diferencia.
Frank Donovan, Historia de la brujería. Ed. Alianza, 1978. p.143.
Tras un siglo de repetir que adoraban al diablo, muchas brujas ignorantes acabaron por creerlo. Efectivamente, centenares de ellas confesaron tal herejía, aunque en la mayoría de las confesiones eran los inquisidores quienes introducían al diablo, y las brujas asentían bajo tortura. Es posible, también, que algunas de las brujas que supuestamente confesaron que el diablo era su dios no llegaran jamás a decir esto en realidad. Las confesiones eran anotadas por monjes que estaban firmemente convencidos de que las brujas adoraban al diablo, y estos escribas de la Iglesia pudieron poner la palabra diablo allí donde la bruja hizo referencia a su señor dios. La bruja ignorante no habría visto la diferencia.
Frank Donovan, Historia de la brujería. Ed. Alianza, 1978. p.143.
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