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lunes, 22 de noviembre de 2010

Un lugar amigable

Si después del nacimiento se trata al recién nacido con amor y sensibilidad, es posible compensar o contrarrestar gran parte del impacto traumático de esta situación que supone una amenaza para su vida. [...] Estoy convencido de que el hecho del nacimiento tendrá siempre cierto grado de traumatismo, aunque su duración sea breve y la madre sea psicológicamente estable, cariñosa y esté bien preparada. Sin embargo, inmediatamente después del parto, es conveniente colocar al recién nacido sobre el vientre o pecho de la madre, reestableciendo su relación simbiótica con ella. El impacto reconfortante del contacto físico ha sido demostrado experiencialmente [sic] y es bien sabido que los latidos del corazón pueden producir un profundo impacto positivo en el recién nacido.

La situación simbiótica sobre un buen pecho es bastante parecida a la experimentada en un buen útero. En estas circunstancias, puede establecerse un vinculo que, según los estudios recientes [...] parece tener una influencia decisiva en toda la relación futura entre madre e hijo. Si a continuación se sumerge al recién nacido en agua tibia, simulando las condiciones intrauterinas, como lo sugiere el enfoque de Leboyer, esto constituye otro poderoso elemento tranquilizador y curativo. Es como si se le dijera al recién nacido, en un idioma que es capaz de comprender: «no ha ocurrido nada horrible e irreversible. Las cosas han sido difíciles temporalmente, pero ahora te encuentras, más o menos, en el mismo estado que antes. Y así es como es la vida; puede ser dura, pero si uno persiste mejora de nuevo». Este enfoque parece imprimir en el niño, casi a nivel celular, un optimismo general o realismo con relación a la vida, una seguridad sana en sí mismo y la habilidad de enfrentarse a retos futuros. Responde positivamente, para la totalidad de la vida del individuo, a la pregunta que Einstein consideraba fundamental, con relación al problema de la existencia: «¿Es el universo un lugar amigable?».

Stanislav Grof, Psicología transpersonal. Ed. Kairós, 2006. p.281

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Cabeza abajo

Stratton construyó una especie de cabezada óptica que hacía girar el campo visual 180º; no solamente las cosas se veían boca abajo, sino que también resultaban invertidos el lado izquierdo y el derecho. El armatoste consistía en un tubo de 20 centímetros de largo montado en un molde de escayola. Stratton lo llevó durante ochenta y siete horas a lo largo de un período de ocho días, sustituyéndolo por una venda mientras dormía. Con el ojo derecho podía ver a través del tubo, aun cuando el campo invertido quedaba muy reducido de tamaño; el ojo izquierdo quedaba cubierto por el molde de escayola. A pesar de las incomodidades de este chisme, Stratton pudo hacer algunas observaciones instructivas.
El primer día en que vivió en ese extraño mundo patas arriba estaba totalmente desorientado. Tenía los pies por encima de la cabeza; se veía obligado a buscarlos cuando quería comprobar si podía andar sin tropezar con nada. Las manos entraban y salían del campo visual por arriba en lugar de hacerlo por abajo. Cuando movía la cabeza, el campo visual oscilaba rápidamente en la misma dirección. Tenía dificultad para reconocer los sitios que le eran familiares. Hacía movimientos inadecuados y apenas podía comer. A pesar de la náusea y la depresión, siguió adelante; y gradualmente comenzó a acostumbrarse al disfraz. Al segundo día sus movimientos se habían hecho menos penosos. Al tercer día comenzó a sentirse en casa en el nuevo ambiente. Al quinto día el mundo dejó de vacilar; cuando movía la cabeza pensaba en su cuerpo de acuerdo con nuevas imágenes y era capaz a menudo de evitar tropezar con los objetos sin necesidad de pensar primero en ellos. La mayor parte de su mundo seguía estando cabeza abajo, pero esto ya no le molestaba gran cosa. [...] Cuando hubo terminado el experimento y sacó las lentes del tubo, estuvo nuevamente desorientado y confuso durante varias horas antes de acostumbrarse a la visión normal de las cosas.

George A. Miller, Introducción a la psicología. Alianza Editorial, 1982. p.165-6.

lunes, 6 de abril de 2009

La triste verdad

La triste verdad es que la auténtica vida del hombre consiste en un complejo de oposiciones inexorables: día y noche, nacimiento y muerte, felicidad y desgracia, bueno y malo. Ni siquiera estamos seguros de que uno prevalecerá sobre el otro, de que el bien vencerá al mal o la alegría derrotará a la tristeza. La vida es un campo de batalla. Siempre lo fue y siempre lo será, y si no fuera así, la existencia llegaría a su fin.

Carl G. Jung, Acercamiento al inconsciente. En: Carl G. Jung et al., El hombre y sus símbolos. Caralt Editor, 1984. p.83.

viernes, 2 de enero de 2009

La suya no era una relación muy cercana

En la primera secuencia que Kendon me mostró, pasada a cámara lenta, las etapas se notaban claramente. Primero el encuentro visual. Una mujer con vestido de flores, sentada bajo un árbol, estiraba el cuello tratando de ver quién llegaba. Luego se puso de pie sonriendo, pero mostrando solamente los dientes superiores. La sonrisa «superior», como la denominan ahora algunos etólogos británicos, se empieza a identificar como sonrisa típica de bienvenida.
La mujer avanzó al encuentro de los invitados, siguiendo la etapa de aproximación. Visto a cámara lenta, parecía deslizarse sobre el suelo, suavemente como un globo, con el largo cabello flotándole por detrás. Exclamó «Hola» con la cabeza hacia atrás y luego la bajó esquivando la mirada. Generalmetne, me explicó Lendon, esta breve inclinación de la cabeza sigue a un saludo a distancia.
Al acercarse a lo que para ella parecía representar el límite de su territorio -una y otra vez se detenía en aquel punto al salir al encuentro de los invitados-, se paró y esperó. Como dueña del territorio, mantuvo una mirada bastante fija, pero por lo general sus invitados se le aproximaron desviando los ojos. Al penetrar en el terriotorio de otro, me explicó Kendon, rara vez se mira al dueño directamente a los ojos, esto se podría tomar como un desafío.
Inmediatamente antes de llegar hasta la dueña de la casa, una invitada inclinó la cabeza visiblemente, gesto tan común en esta etapa que Kendon lo ha bautizado como «corte en la fase previa al saludo cercano». Luego la invitada levantó un brazo y lo cruzó frente a sí, ladeó la cabeza y sonrió. Un psiquiatra interpretaría ese cruzar el brazo como un gesto de defensa, y tal vez sea así. A Kendon le intriga especialmente que Jane Goodall haya observado gestos idénticos entre los chimpancés, particularmente en los subordinados que se aproximan o en aquellos que han sido aproximados por uno más dominante.
Luego la invitada extendió la mano haciendo un gesto que dejó la palma a la vista y que nuevamente se asemejó mucho al que realizan los chimpancés. [...] Ambas mujeres se dieron la mano, y finalmente retrocedieron volviéndose hacia otro lado, lo que indicaría, si Kendon y Ferber están en lo cierto, que la suya no era una relación muy cercana.

Flora Davis, La comunicación no verbal. Alianza Editorial, 2002. pp. 63-64.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Si se pagasen todas sus deudas

Vimos, al hablar de santidad, cómo algunos caracteres se resienten de la confusión y han de vivir en estado de pureza, regularidad y simplicidad. Para otros, por el contrario, la sobreabundancia, el exceso de tensión, la propia estimación y otras relaciones superficiales son indispensables. Hay hombres que sufrirían un síncope si se pagasen todas sus deudas, se lograsen mantener todos sus compromisos, se contestasen sus cartas, se aligerasen sus problemas y se cumpliesen sus obligaciones, hasta que sólo quedara una mesa limpia, ante sus ojos, sin nada que interfiera su realización inmediata. Un día tan libre y sorprendentemente desnudo sería para ellos espantoso. Lo mismo pasa con la comodidad, la elegancia, las muestras de afecto, los reconocimientos sociales; algunos de nosotros necesitamos un buen número de estas cosas que a otros les parecerían un conjunto de mentiras y sofisticación.

William James, Las variedades de la experiencia religiosa; p.504. Ed. Orbis, 1988.