miércoles, 2 de junio de 2010

Un puñado de palabras

En 1440, un fraile dominico catalogó en Norfolk 1.200 palabras inglesas y sus equivalentes latinos, en un manuscrito titulado Promptuarium Parvulorum (almacén para los pequeños), en una clara revelación de la importancia relativa del latín y el inglés. Este antiguo diccionario fue impreso en 1499 por Richard Pysoon, un colaborador del impresor inglés William Caxton. Otro de los ayudantes de Caxton, Wynkyn de Worde (nombre adoptado más tarde por una sociedad inglesa de impresores y tipógrafos), publicó Ortus Vocabulorum, sugerente nombre que significa “el jardín de las palabras”. Éste fue el primer diccionario inglés en recoger la palabra y la definición en inglés. Peter Levin se percató del potencial de ese nuevo mercado y publicó un diccionario conciso, Manipulus Vocabulorum, otro título escueto que significa “un puñado de palabras”. Constaba sólo de 9.000 entradas y, curiosamente, no estaba ordenado alfabéticamente, sino por la letra inicial de la última sílaba; las entradas se leían en rima (palabras que comparten un último fonema), y es considerado el primer diccionario de este tipo.

En el siglo XVI, ya era plenamente reconocido el valor de los diccionarios, no sólo como fuente de beneficios económicos sino también por su interés académico. Los pintorescos y rimbombantes títulos empleados por los primeros recopiladores de diccionarios, también se reflejan en la naturaleza idiosincrásica de las palabras que contenían. En sus orígenes, los diccionarios eran como memorandos construidos de manera algo aleatoria; de hecho, los compiladores hacían una estimación personal de palabras difíciles y salpicaban sus diccionarios con sus vocablos favoritos. Hubo que esperar hasta 1623, con la publicación de The English Dictionary por parte de Henry Cokeram, para que se abordase un planteamiento más racional y sistemático de la selección de palabras. John Kersey, compilador de New English Dictionary, protagonizó el primer intento de definir palabras de uso cotidiano.

Phil Baines / Andrew Haslam, Tipografía: función, forma y diseño. Ed. Gustavo Gili, 2005. p. 31.

lunes, 24 de mayo de 2010

Maravilloso, corazón maravilloso…

Un día, cuando Louisa era media docena de años más joven, se la había entreoído comenzar una conversación con su hermano, diciendo:

–Me maravilla, Tom… –y al instante, el señor Gradgrind, que era la persona que distraídamente escuchaba, dio un paso hacia la luz:

–Louisa, dijo–, maravillarse, jamás.

He aquí dónde radicaba el resorte del arte mecánico y misterioso de educar sin caer en el cultivo de los sentimientos y los afectos: en jamás maravillarse. Mediante la adición, la sustracción, la multiplicación y la división, resolverlo todo de alguna manera, pero maravillarse, jamás. Traedme, dice el señor M’Choakumchild, esos pequeñuelos que apenas saben andar, y yo me ocuparé de que no se maravillen nunca.

Charles Dickens, Tiempos difíciles. RBA Libros, 2009. p.105.

miércoles, 5 de mayo de 2010

La Marsellesa

El autor de la Marsellesa no fue en rigor de verdad ni poeta ni compositor. Fue oficial técnico del ejército francés y prestaba servicio en Estrasburgo. Cierto día llegó la noticia de que Francia había declarado la guerra a los reyes europeos en nombre de la libertad. Al instante, toda la ciudad cayó en una embriaguez de entusiasmo. Por la tarde de ese mismo día, el alcalde ofreció a los oficiales del ejército un banquete. Y como por azar supo que Rouget de Lisle poseía talento bastante para componer versos fáciles y fáciles de comprender, propúsole que compusiera a la ligera una marcha-canción para las tropas que debían dirigirse al frente.

Rouget de Lisle, el oficial insignificante, prometió hacer lo mejor posible. El banquete duró hasta muy pasada la medianoche, y sólo entonces Rouget de Lisle volvió a su aposento. Había hecho mucho honor al vino y participado diligentemente en las conversaciones. Muchas palabras de los discursos guerreros revoloteaban todavía dentro de su cabeza frases aisladas, como le jour de gloire est arrivé o allons, marchons! Apenas hubo llegado a su casa, se sentó y bosquejó unas cuantas estrofas, a pesar de que nunca había sido un poeta cabal. Luego sacó su violín del armario y ensayó una melodía para acompañar aquellas palabras, a pesar de que nunca había sido un compositor de verdad. A las dos horas, todo estaba listo. Rouget de Lisle se acostó a dormir. A la mañana siguiente llevó a su amigo, el alcalde, la canción creada que, sin modificación alguna, sigue siendo al cabo de siglo y medio, el himno de Francia.

Stefan Zweig, El misterio de la creación artística. Ediciones Sequitur, 2010. p. 33–34.

lunes, 3 de mayo de 2010

The Circumpolar Currents

According to Kircher's theory of currents, the sea wells up at the South Pole and forms a great whirlpool at the North. Mariners have never been able to reach the South because of the strong adverse currents that flow in all directions, and certain destruction awaits anyone who approaches the Northern vortex.

Joscely N. Godwin, Athanasius Kircher: A Renaissance Man and the Quest for Lost Knowledge. Thames and Hudson, 1979. p. 88

jueves, 29 de abril de 2010

Un hombre relativamente moral

Alguna vez contaré la historia de mi vida, lo conmovedora e instructiva que fue durante esos diez años de mi juventud. Creo que muchas, muchas personas han experimentado lo mismo. Deseaba con toda mi alma ser bueno; pero era joven, tenía pasiones, y estaba solo, completamente solo, en mi búsqueda del bien. Cada vez que trataba de expresar mis deseos más íntimos, esto es, que quería ser moralmente bueno, no encontraba más que desprecio y burlas; pero cuando me entregaba a las viles pasiones, los demás me elogiaban y alentaban.
[...] No puedo recordar aquellos años sin horror, sin repugnancia y sin un dolor en el corazón. Mataba a hombres en la guerra, retaba a otros a duelo para matarlos, perdía dinero jugando a las cartas, dilapidaba el fruto del trabajo de los campesinos, los castigaba; fornicaba, me valía de engaños. La mentira, el robo, la promiscuidad de todo tipo, la embriaguez, la violencia, el asesinato... No existe crimen que no hubiera cometido, y por todo ello me alababan, y mis coetáneos me consideraban, y aún me consideran, un hombre relativamente moral.

Lev Tolstói, Confesión. Acantilado, 2008. p. 13–14.

lunes, 26 de abril de 2010

La cofa

Se tienen vigías en las tres cofas, de sol a sol, alternándose los marineros por turnos regulares –como en la caña–, y relevándose cada dos horas. En el tiempo sereno de los trópicos, la cofa es enormemente agradable; incluso deliciosa para un hombre soñador y meditativo. Ahí está uno, a cien pies por encima de las silenciosas cubiertas, avanzando a grandes pasos por lo profundo, como si los palos fueran gigantescos zancos, mientras que por debajo de uno, y como quien dice entre las piernas, nadan los más enormes monstruos del mar, igual que antaño los barcos navegan entre las botas del famoso coloso de la antigua Rodas. Ahí está uno, en la secuencia infinita del mar, sin nada movido, salvo las ondas. El barco en éxtasis avanza indolentemente; soplan los perezosos vientos alisios; todo le inclina a uno a la languidez. Casi siempre, en esta vida ballenera en el trópico, a uno le envuelve una sublime ausencia de acontecimientos: no se oyen noticias, no se leen periódicos, no hay números especiales con informes sobresaltadores sobre vulgaridades que le engañen a uno excitándole sin necesidad; no se oye hablar de aflicciones domésticas, fianzas de quiebra, caídas de valores; nunca preocupa la idea de qué habrá para comer, pues todas las comidas, para tres años y más, están confortablemente estibadas en barriles, y la minuta es inmutable.

Herman Melville, Moby Dick. Círculo de Lectores, 1999. p. 218–219.

lunes, 15 de marzo de 2010

Most delicious food

I have been assured by a very knowing American of my acquaintance in London, that a young healthy child well nursed is at a year old a most delicious, nourishing and wholesome food, whether stewed, roasted, baked, or boiled, and I make no doubt that it will equally serve in a fricassee, or a ragout.

I do therefore humbly offer it to public consideration, that of the hundred and twenty thousand children [in Ireland], already computed, twenty thousand may be reserved for breed, whereof only one fourth part to be males, which is more than we allow to sheep, black-cattle, or swine, and my reason is that these children are seldom the fruits of marriage, a circumstance not much regarded by our savages, therefore one male will be sufficient to serve four females. That the remaining hundred thousand may at a year old be offered in sale to the persons of quality, and fortune, through the kingdom, always advising the mother to let them suck plentifully in the last month, to as to render them plump, and fat for a good table. A child will make two dishes at an entertainment for friends, and when the family dines alone, the fore or hind quarter will make a reasonable dish, and seasoned with a little pepper or salt will be very good boiled on the fourth day, especially in winter.

Jonathan Swift, A Modest Proposal: For Preventig the Children of Poor People in Ireland from Being a Burden o Their Parents or Country, and for Making Them Beneficial to the Public. Contenido en: Gulliver's Travels and Other Writings. Bantam Books, 1962. p.489