JUEZ WILLS: Oscar Wilde y Alfred Taylor: El crimen por el cual han sido condenados es tan terrible que uno debe refrenarse severamente para no describir, con un lenguaje que prefiero no usar, los sentimientos que deben suscitarse en el pecho de todo hombre de honor que haya oído los detalles de estos dos terribles procesos. No tengo el más leve asomo de duda de que el jurado ha llegado a un veredicto correcto en esta causa. Espero que aquellos que a veces se imaginan que un juez es indiferente en una causa sobre decencia y moralidad, porque cuida de que ningún prejuicio interfiriera en ella, puedan comprobar que esta actitud es compatible con el sentimiento de la más grande indignación antes las horribles acusaciones presentadas contra ustedes.
No es necesario que les arengue. Personas que pueden hacer semejantes cosas deben estar muertas a toda sensación de vergüenza y uno no puede esperar producir ningún efecto sobre ellas. Éste es el peor caso que he tenido que juzgar. De que usted, señor Taylor, mantenía una especie de prostíbulo masculino, no existe ninguna duda. Y de que usted, señor Wilde, ha sido el centro de una corrupción que se iba propagando, una corrupción de la peor especie, entre hombres jóvenes, tampoco existe la menor duda.
Bajo tales circunstancias, esperen la sentencia más severa que permite la ley. A mi juicio es totalmente inadecuada para una causa como ésta. La sentencia de este tribunal es que cada uno de ustedes sea encarcelado y condenado a trabajos forzados, durante dos años.
(Se oyeron algunos gritos de "¡Oh, oh!" y "¡"Qué vergüenza!").
OSCAR WILDE: ¿Y yo? ¿No puedo decir nada, Su Señoría?
(El juez Wills no contestó. Hizo una señal con la mano a los guardianes, para que sacaran rápidamente a los detenidos de su vista).
El jurado fue disuelto.
El tribunal se retiró.
Los procesos contra Oscar Wilde. Valdemar, 1996. pp.378-9
viernes, 28 de noviembre de 2008
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Máscaras con cuernos
No está claro hasta qué punto adoraban las brujas al diablo. La idea de que lo hacían fue concebida por la Iglesia, dado que, de manera incuestionable, hizo de la brujería una herejía. Antes de ser acusadas de adorar al diablo, la Iglesia, por medio del Canon episcopi, proclamó que adoraban a Diana. En los sabbats y demás reuniones, los que dirigían solían llevar máscaras con cuernos y pieles de animales, cosas que la Iglesia condenó siempre. A otros maestros se les describía vistiendo ropas negras semejantes a las que se atribuían al diablo. Estos dirigentes eran indudablemente sacerdotes humanos que hacían de manifestaciones del dios de las brujas, ya fuera este el diablo o el dios cornudo de las creencias primitivas.
Tras un siglo de repetir que adoraban al diablo, muchas brujas ignorantes acabaron por creerlo. Efectivamente, centenares de ellas confesaron tal herejía, aunque en la mayoría de las confesiones eran los inquisidores quienes introducían al diablo, y las brujas asentían bajo tortura. Es posible, también, que algunas de las brujas que supuestamente confesaron que el diablo era su dios no llegaran jamás a decir esto en realidad. Las confesiones eran anotadas por monjes que estaban firmemente convencidos de que las brujas adoraban al diablo, y estos escribas de la Iglesia pudieron poner la palabra diablo allí donde la bruja hizo referencia a su señor dios. La bruja ignorante no habría visto la diferencia.
Frank Donovan, Historia de la brujería. Ed. Alianza, 1978. p.143.
Tras un siglo de repetir que adoraban al diablo, muchas brujas ignorantes acabaron por creerlo. Efectivamente, centenares de ellas confesaron tal herejía, aunque en la mayoría de las confesiones eran los inquisidores quienes introducían al diablo, y las brujas asentían bajo tortura. Es posible, también, que algunas de las brujas que supuestamente confesaron que el diablo era su dios no llegaran jamás a decir esto en realidad. Las confesiones eran anotadas por monjes que estaban firmemente convencidos de que las brujas adoraban al diablo, y estos escribas de la Iglesia pudieron poner la palabra diablo allí donde la bruja hizo referencia a su señor dios. La bruja ignorante no habría visto la diferencia.
Frank Donovan, Historia de la brujería. Ed. Alianza, 1978. p.143.
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lunes, 24 de noviembre de 2008
Materia de canto
Ahora, venga, dime esto y expónlo con claridad: ¿por dónde viniste errante y a qué regiones llegaste, y a qué pueblos y ciudades bien pobladas? Y cuenta si sus moradores eran gentes rudas, salvajes e ignorantes de la justicia, o bien acogedoras y de mente piadosa. Dinos el motivo de los sollozos y llantos de tu pecho, al escuchar la ruina de los dánaos argivos y de Ilión. La tramaron los dioses y ellos urdieron la matanza de tantos humanos, para que tuvieran los posteriores materia de canto.
Homero, Odisea. Ed. Alianza, 2005. p.188.
Homero, Odisea. Ed. Alianza, 2005. p.188.
viernes, 21 de noviembre de 2008
Así fue como empezó mi iniciación
Así fue como empezó mi iniciación. Durante las semanas y los meses que siguieron viví más experiencias similares, un continuo alud de vejaciones. Cada prueba era más terrible que la anterior, y si conseguí no echarme atrás, fue sólo por una pura obstinación de reptil, una estúpida pasividad que se escondía en el centro de mi alma. No tenía nada que ver con la voluntad, la determinación o el valor. Yo no tenía ninguna de esas cualidades, y cuanto más me espoleaban, menos orgullo sentía por mis logros. Me flagelaron con un látigo, me tiraron de un caballo al galope; estuve atado al tejado del establo durante dos días sin comida ni agua; me untaron el cuerpo de miel y me dejaron desnudo bajo el calor de agosto mientras miles de moscas y avispas bullían sobre mí; estuve sentado en medio de un círculo de fuego toda una noche mientras mi cuerpo se chamuscaba y se cubría de ampollas; me sumergieron repetidas veces durante seis horas seguidas en una tina de viangre; me cayó un rayo; bebí orines de vaca y comí excrementos de caballo; cogí un cuchillo y me cercené la primera falange del meñique izquierdo; colgué de las vigas del desván dentro de un haza de cuerdas durante tres días y tres noches. Hice estas cosas porque el maestro Yehudi me dijo que las hiciera, y aunque no pude llegar a amarle, tampoco le odié ni le guardé rencor por los sufrimientos que soporté. Él ya no tenía que amenazarme. Yo seguía sus órdenes con ciega obediencia, sin molestarme nunca en preguntarle cuál era su propósito. Me decía que saltara y yo saltaba. Me decía que dejara de respirar y yo dejaba de respirar. Era el hombre que me había prometido hacerme volar, y aunque nunca le creía, dejé que me utilizara como lo hacía.
Paul Auster, Mr. Vértigo; p.49. Ed. Anagrama, 2006.
Paul Auster, Mr. Vértigo; p.49. Ed. Anagrama, 2006.
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miércoles, 19 de noviembre de 2008
King Kong
Un mono de catorce metros de altura (algunos entusiastas dicen que quince), es evidentemente encantador, pero tal vez no basta. No es un mono jugoso; es un reseco y polvoriento artificio de movimientos esquinados y torpes. Su única virtud -la estatura- parece no haber impresionado mucho al fotógrafo, que se obstina en no retratarlo de abajo sino de arriba -enfoque a todas luces desacertado, que invalida y anula su elevación. Falta añadir que es jorobado y de piernas chuecas: rasgos que lo achican también. Para que nada tenga de extraordinario, lo hacen luchar con monstruos mucho más raros que él, y le destinan alojamiento en falsas cavernas de catedralicio grandor, donde se pierde su afanosa estatura. Un amor carnal o romántico por Miss Fay Wray perfecciona la ruina de ese gorila monumental y también la del film.
Jorge Luis Borges, Reseña aparecida en Selección, Cuadernos Mensuales de Cultura, Buenos Aires, Nº 3, Julio de 1933. Extraído de: Jorge Luis Borges, Textos recobrados 1931-1955, Ed. Emecé, 2001
Jorge Luis Borges, Reseña aparecida en Selección, Cuadernos Mensuales de Cultura, Buenos Aires, Nº 3, Julio de 1933. Extraído de: Jorge Luis Borges, Textos recobrados 1931-1955, Ed. Emecé, 2001
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lunes, 17 de noviembre de 2008
Lugar secreto y oculto
-De lo convenido se desprende -dije- la necesidad de que los mejores cohabiten con las mejores tantas veces como sea posible y los peores con las peores al contrario; y, si se quiere que el rebaño [de los guardianes] sea lo más excelente posible, habrá que criar la prole de los primeros, pero no la de los segundos. Todo esto ha de ocurrir sin que nadie lo sepa, excepto los gobernantes, si se desea también que el rebaño de los guardianes permanezca lo más apartado posible de toda discordia.
-Muy bien -dijo.
-Será, pues, preciso instituir fiestas en las cuales unamos a las novias y novios y hacer sacrificios, y que nuestros poetas compongan himnos adecuados a las bodas que se celebren. En cuanto al número de los matrimonios, lo dejaremos al arbitrio de los gobernantes, que, teniendo en cuenta las guerras, epidemias y todos los accidentes similares, harán lo que puedan por mantener constante el número de ciudadanos de modo que nuestra ciudad crezca o mengüe lo menos posible.
-Muy bien -dijo.
-Será, pues, necesario, creo yo, inventar un ingenioso sistema de sorteo, de modo que, en cada apareamiento, aquellos seres inferiores tengan que acusar a su mala suerte, pero no a los gobernantes.
-En efecto -dijo.
[...]
-Y así, encargándose de los niños que vayan naciendo los organismos nombrados a este fin, [...] tomarán, creo yo, a los hijos de los mejores y los llevarán a la inclusa, poniéndolos al cuidado de unas ayas que vivirán aparte, en cierto barrio de la ciudad; en cuanto a los de los seres inferiores -e igualmente si alguno de los otros nace lisiado-, los esconderán, como es debido, en un lugar secreto y oculto.
Platón, La república; p.277-80. Ed. Alianza, 1995.
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viernes, 14 de noviembre de 2008
La respuesta es trescientos noventa y uno
-¡Aub! -Pronunció ese nombre monosilábico con aire autoritario, pues a fin de cuentas era un gran programador hablándole a un simple técnico-. ¡Aub! ¿cuánto es nueve por siete?
Aub titubeó un momento. Los ojos claros le destellaron de angustia.
-Sesenta y tres -respondió.
El diputado Brant enarcó las cejas.
-¿Es correcto?
-Verifíquelo usted mismo, diputado.
El diputado extrajo su ordenador de bolsillo, tocó dos veces los bordes laminados, miró la pantalla y lo guardó.
-¿Éste es el talento de que nos ha hablado? ¿Un ilusionista?
-Más que eso. Aub ha memorizado algunas operaciones y hace cálculos con ellas sobre papel.
-¿Un ordenador de papel? -dijo el general, con cara de lástima.
-No, señor -replicó Shuman con paciencia-. No un ordenador de papel, sólo una hoja de papel. General, tenga la amabilidad de sugerir un número.
-Diecisiete.
-¿Y usted, diputado?
-Veintitrés.
-Bien. Aub, multiplica esos números y muestra a los caballeros cómo lo haces.
-Sí, programador.
Agachó la cabeza. Sacó una libreta de un bolsillo de la camisa y una pluma del otro. Arrugó la frente mientras trazaba marcas en el papel.
El general Wider lo interrumpió con brusquedad.
-Veamos eso. -Aub le pasó el papel-. Bien, parece el número diecisiete.
El diputado Brant asintió.
-En efecto, pero supongo que cualquiera puede copiar números de un ordenador. Creo que yo mismo podría dibujar un diecisiete aceptable, incluso sin practicar.
-Por favor, caballeros, permitan ustedes que Aub continúe -les pidió Shuman sin acalorarse.
Aub continuó con mano trémula.
-La respuesta es trescientos noventa y uno -dijo al fin con un hilo de voz.
El diputado Brant sacó su ordenador y tecleó.
-Santo cielo, así es. ¿Cómo lo adivinó?
-No lo adivinó, diputado -le explicó Shuman. Calculó el resultado. Lo hizo con ese papel.
-Patrañas -rechazó el general con impaciencia.-. Un ordenador es una cosa y unas marcas en un papel son otra.
-Explíqueselo, Aub -ordenó Shuman.
Isaac Asimov, Sensación de poder. Contenido en Cuentos completos I; p. 277-8. Ediciones B, 2005.
Aub titubeó un momento. Los ojos claros le destellaron de angustia.
-Sesenta y tres -respondió.
El diputado Brant enarcó las cejas.
-¿Es correcto?
-Verifíquelo usted mismo, diputado.
El diputado extrajo su ordenador de bolsillo, tocó dos veces los bordes laminados, miró la pantalla y lo guardó.
-¿Éste es el talento de que nos ha hablado? ¿Un ilusionista?
-Más que eso. Aub ha memorizado algunas operaciones y hace cálculos con ellas sobre papel.
-¿Un ordenador de papel? -dijo el general, con cara de lástima.
-No, señor -replicó Shuman con paciencia-. No un ordenador de papel, sólo una hoja de papel. General, tenga la amabilidad de sugerir un número.
-Diecisiete.
-¿Y usted, diputado?
-Veintitrés.
-Bien. Aub, multiplica esos números y muestra a los caballeros cómo lo haces.
-Sí, programador.
Agachó la cabeza. Sacó una libreta de un bolsillo de la camisa y una pluma del otro. Arrugó la frente mientras trazaba marcas en el papel.
El general Wider lo interrumpió con brusquedad.
-Veamos eso. -Aub le pasó el papel-. Bien, parece el número diecisiete.
El diputado Brant asintió.
-En efecto, pero supongo que cualquiera puede copiar números de un ordenador. Creo que yo mismo podría dibujar un diecisiete aceptable, incluso sin practicar.
-Por favor, caballeros, permitan ustedes que Aub continúe -les pidió Shuman sin acalorarse.
Aub continuó con mano trémula.
-La respuesta es trescientos noventa y uno -dijo al fin con un hilo de voz.
El diputado Brant sacó su ordenador y tecleó.
-Santo cielo, así es. ¿Cómo lo adivinó?
-No lo adivinó, diputado -le explicó Shuman. Calculó el resultado. Lo hizo con ese papel.
-Patrañas -rechazó el general con impaciencia.-. Un ordenador es una cosa y unas marcas en un papel son otra.
-Explíqueselo, Aub -ordenó Shuman.
Isaac Asimov, Sensación de poder. Contenido en Cuentos completos I; p. 277-8. Ediciones B, 2005.
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