Santiago de la Vorágine, La leyenda dorada (Selección de Alberto Manguel). 2004, Alianza Editorial. p. 46-7.
viernes, 24 de diciembre de 2010
El premio del martirio
Precisamente por aquel tiempo fueron apresados dos jóvenes que creían en Jesucristo: a uno de ellos desnudáronle enteramente, embadurnaron su cuerpo con miel, y cuando el sol más calentaba, arrojáronlo al suelo y allí lo dejaron expuesto a los aguijonazos de las moscas y de las avispas. Al otro, para que no pudiera defenderse, atáronle sus pies y sus manos con cordones muy vistosos, acostáronlo en un lecho blandísimo situado al aire libre en un paraje de temperatura tibia y suave y en un sitio muy ameno, a orillas de unos riachuelos cuyas aguas producían gratísimos murmullos a los que se unían los cantos de las aves y el embriagador perfume de innumerables arbustos y flores esparcido por la acariciante brisa. Al poco rato de colocar al susodicho joven, cuya alma hallábase repleta de amor a Dios, en semejante ambiente de delicias, hicieron llegar hasta él a una muchacha bellísima, pero sumamente impúdica, para que le tentara y sedujera. Comenzó la tentadora a hacer su oficio; parecía que iba a conseguir su intento, porque el tentado empezó a sentir en su cuerpo desordenados apetitos, aunque también a luchar contra ellos y contra quien despertaba en su ánimo aquellos movimientos; mas, de pronto, deseando a toda costa librarse de su tentadora y no pudiendo hacerlo de otra manera, se retazó la lengua con sus propios dientes y la escupió, lanzándola con fuerza contra el rostro de la impúdica muchacha. Mediante este procedimiento consiguió tres cosas: dominar, con el terrible dolor que sintió en su boca, el ardor de los apetitos de su carne; alejar de su lado a la desvergonzada jovenzuela, y merecer de Dios un premio notable por la victoria que acababa de obtener.
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lunes, 22 de noviembre de 2010
Un lugar amigable
Si después del nacimiento se trata al recién nacido con amor y sensibilidad, es posible compensar o contrarrestar gran parte del impacto traumático de esta situación que supone una amenaza para su vida. [...] Estoy convencido de que el hecho del nacimiento tendrá siempre cierto grado de traumatismo, aunque su duración sea breve y la madre sea psicológicamente estable, cariñosa y esté bien preparada. Sin embargo, inmediatamente después del parto, es conveniente colocar al recién nacido sobre el vientre o pecho de la madre, reestableciendo su relación simbiótica con ella. El impacto reconfortante del contacto físico ha sido demostrado experiencialmente [sic] y es bien sabido que los latidos del corazón pueden producir un profundo impacto positivo en el recién nacido.
Stanislav Grof, Psicología transpersonal. Ed. Kairós, 2006. p.281
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martes, 26 de octubre de 2010
El sombrero
Cuando llegué al colegio debía de ser un muchachito muy simple. Un chico llamado Garnett me llevó un día a una pastelería y compró varios pasteles que no pagó, pues el tendero le fiaba. Al salir le pregunté por qué no había pagado, y me respondió al instante: “¿Cómo? ¿No sabes que mi tío dejó en herencia al ayuntamiento una gran cantidad de dinero a condición de que todos los comerciantes diesen sin pagar cuanto quisiera a cualquier persona que llevase este sombrero viejo y lo moviese de una manera especial?”; y a continuación me mostró cómo había que moverlo. Luego, entró en otra tienda donde también le fiaban, pidió algún pequeño artículo moviendo el sombrero de la forma adecuada y lo obtuvo, por supuesto, sin necesidad de pagar. Al salir, me dijo: “Si quieres ir ahora por tu cuenta a esa pastelería (¡qué bien recuerdo el lugar exacto donde se encontraba!), te prestaré mi sombrero y podrás conseguir lo que desees si te lo pones y lo mueves como es debido”. Acepté encantado la generosa oferta, entré en la tienda y pedí unos pasteles, moví el viejo sombrero, y ya me marchaba del establecimiento cuando el tendero se lanzó sobre mí, así que dejé caer los pasteles y salí pitando; y me sorprendió ver que mi falso amigo Garnett me recibía con grandes risotadas.
Charles Darwin, Autobiografía. Editorial Laetoli, 2008. p. 30
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sábado, 18 de septiembre de 2010
La roca de la pereza
En general, las gentes de abolengo encuentran ante sí una roca molesta..., la roca de la pereza. Pasándose la vida, como se la pasan, curioseando en torno con el propósito de hallar alguna cosa en que emplear sus energías, extraño es comprobar cómo, sobre todo cuando sus inclinaciones son de la índole de esas que se han dado en llamar intelectuales, entréganse frecuentemente, a ciegas y al azar, a alguna miserable ocupación. De cada diez personas en tal situación nueve se dedican a atormentar a un semejante o a estropear algo, creyendo todo el tiempo, firmemente, que están enriqueciendo su mente, cuando lo cierto es que no han hecho más que traer el desorden a casa. He visto algunas (damas también, lamento tener que decirlo) salir todos los días, por ejemplo, con una caja de píldoras vacía con el fin de cazar lagartijas acuáticas, escarabajos, arañas y ranas y regresar luego a sus casas, para atravesar con alfileres a esos pobres seres indefensos o cortarlos sin el menor remordimiento en pequeños trozos. Así es como tiene uno ocasión de sorprender a su joven amo o ama escrutando, a través de un vidrio de aumento, las partes interiores de una araña o de ver cómo una rana decapitada desciende la escalera, y, si inquiere uno el motivo de tan sórdida y cruel ocupación, se les responde que la misma denota en el joven o la muchacha su vocación por la historia natural. También suele vérseles entregados durante horas y más horas a la tarea de estropear alguna hermosa flor con instrumento cortantes, impelidos por el estúpido afán de curiosear y saber de qué partes se compone una flor. ¿Tornaráse más bello su color o más dulce su fragancia cuando logremos saberlo? Pero ¡vaya!, los pobres diablos tienen que emplear, como ustedes comprenderán, de alguna forma su tiempo..., hacer algo con él. De niños, acostumbramos a chapotear en el fango más horrible con el objeto de fabricar pasteles de lodo, y de grandes nos dedicamos a chapotear de manera horrible en la ciencia, disecando arañas y estropeando flores. Tanto en uno como en otro caso, el secreto reside en la circunstancia de no tener nuestra pobre cabeza hueca en qué pensar y nada que hacer con nuestras pobres manos ociosas. Y así es como terminamos por deteriorar algún lienzo con nuestros pinceles llenado de olores la casa, o introducimos un renacuajo en una vasija de vidrio llena de agua fangosa, provocando náuseas de todos los estómagos de la casa, o desmenuzamos una piedra aquí o allá, atiborrando de arena las vituallas; o bien nos ensuciamos la manos en nuestras faenas fotográficas, mientras administramos implacable justicia sobre todos los rostros de la casa. Es difícil que todo esto sea emprendido por quienes realmente se ven obligados a trabajar para adquirir las ropas que los cubren, el techo que los ampara y el alimento que les permite seguir andando. Pero comparen los más duros trabajo que hayan tenido que ejecutar con la ociosa labor de quienes desgarran flores o hurgan en el estómago e las arañas, y agradezcan a su estrella la circunstancia de que tengan necesidad de pensar en algo y que sus manos se vean también en la necesidad de construir alguna cosa.
Wilkie Collins, La Piedra Lunar. Ed. Debolsillo, Random House Mondadori, 2004. p. 92-94.
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miércoles, 2 de junio de 2010
Un puñado de palabras
En 1440, un fraile dominico catalogó en Norfolk 1.200 palabras inglesas y sus equivalentes latinos, en un manuscrito titulado Promptuarium Parvulorum (almacén para los pequeños), en una clara revelación de la importancia relativa del latín y el inglés. Este antiguo diccionario fue impreso en 1499 por Richard Pysoon, un colaborador del impresor inglés William Caxton. Otro de los ayudantes de Caxton, Wynkyn de Worde (nombre adoptado más tarde por una sociedad inglesa de impresores y tipógrafos), publicó Ortus Vocabulorum, sugerente nombre que significa “el jardín de las palabras”. Éste fue el primer diccionario inglés en recoger la palabra y la definición en inglés. Peter Levin se percató del potencial de ese nuevo mercado y publicó un diccionario conciso, Manipulus Vocabulorum, otro título escueto que significa “un puñado de palabras”. Constaba sólo de 9.000 entradas y, curiosamente, no estaba ordenado alfabéticamente, sino por la letra inicial de la última sílaba; las entradas se leían en rima (palabras que comparten un último fonema), y es considerado el primer diccionario de este tipo.
En el siglo XVI, ya era plenamente reconocido el valor de los diccionarios, no sólo como fuente de beneficios económicos sino también por su interés académico. Los pintorescos y rimbombantes títulos empleados por los primeros recopiladores de diccionarios, también se reflejan en la naturaleza idiosincrásica de las palabras que contenían. En sus orígenes, los diccionarios eran como memorandos construidos de manera algo aleatoria; de hecho, los compiladores hacían una estimación personal de palabras difíciles y salpicaban sus diccionarios con sus vocablos favoritos. Hubo que esperar hasta 1623, con la publicación de The English Dictionary por parte de Henry Cokeram, para que se abordase un planteamiento más racional y sistemático de la selección de palabras. John Kersey, compilador de New English Dictionary, protagonizó el primer intento de definir palabras de uso cotidiano.
Phil Baines / Andrew Haslam, Tipografía: función, forma y diseño. Ed. Gustavo Gili, 2005. p. 31.
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lunes, 24 de mayo de 2010
Maravilloso, corazón maravilloso…
Un día, cuando Louisa era media docena de años más joven, se la había entreoído comenzar una conversación con su hermano, diciendo:
–Me maravilla, Tom… –y al instante, el señor Gradgrind, que era la persona que distraídamente escuchaba, dio un paso hacia la luz:
–Louisa, dijo–, maravillarse, jamás.
He aquí dónde radicaba el resorte del arte mecánico y misterioso de educar sin caer en el cultivo de los sentimientos y los afectos: en jamás maravillarse. Mediante la adición, la sustracción, la multiplicación y la división, resolverlo todo de alguna manera, pero maravillarse, jamás. Traedme, dice el señor M’Choakumchild, esos pequeñuelos que apenas saben andar, y yo me ocuparé de que no se maravillen nunca.
Charles Dickens, Tiempos difíciles. RBA Libros, 2009. p.105.
–Me maravilla, Tom… –y al instante, el señor Gradgrind, que era la persona que distraídamente escuchaba, dio un paso hacia la luz:
–Louisa, dijo–, maravillarse, jamás.
He aquí dónde radicaba el resorte del arte mecánico y misterioso de educar sin caer en el cultivo de los sentimientos y los afectos: en jamás maravillarse. Mediante la adición, la sustracción, la multiplicación y la división, resolverlo todo de alguna manera, pero maravillarse, jamás. Traedme, dice el señor M’Choakumchild, esos pequeñuelos que apenas saben andar, y yo me ocuparé de que no se maravillen nunca.
Charles Dickens, Tiempos difíciles. RBA Libros, 2009. p.105.
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miércoles, 5 de mayo de 2010
La Marsellesa
El autor de la Marsellesa no fue en rigor de verdad ni poeta ni compositor. Fue oficial técnico del ejército francés y prestaba servicio en Estrasburgo. Cierto día llegó la noticia de que Francia había declarado la guerra a los reyes europeos en nombre de la libertad. Al instante, toda la ciudad cayó en una embriaguez de entusiasmo. Por la tarde de ese mismo día, el alcalde ofreció a los oficiales del ejército un banquete. Y como por azar supo que Rouget de Lisle poseía talento bastante para componer versos fáciles y fáciles de comprender, propúsole que compusiera a la ligera una marcha-canción para las tropas que debían dirigirse al frente.
Rouget de Lisle, el oficial insignificante, prometió hacer lo mejor posible. El banquete duró hasta muy pasada la medianoche, y sólo entonces Rouget de Lisle volvió a su aposento. Había hecho mucho honor al vino y participado diligentemente en las conversaciones. Muchas palabras de los discursos guerreros revoloteaban todavía dentro de su cabeza frases aisladas, como le jour de gloire est arrivé o allons, marchons! Apenas hubo llegado a su casa, se sentó y bosquejó unas cuantas estrofas, a pesar de que nunca había sido un poeta cabal. Luego sacó su violín del armario y ensayó una melodía para acompañar aquellas palabras, a pesar de que nunca había sido un compositor de verdad. A las dos horas, todo estaba listo. Rouget de Lisle se acostó a dormir. A la mañana siguiente llevó a su amigo, el alcalde, la canción creada que, sin modificación alguna, sigue siendo al cabo de siglo y medio, el himno de Francia.
Stefan Zweig, El misterio de la creación artística. Ediciones Sequitur, 2010. p. 33–34.
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