lunes, 16 de noviembre de 2009

La carroza imperial

Entre los regalos que llevó nuestra primera embajada [a China] se encontraba una carroza imperial, elegida como regalo personal de Jorge III; pero para Pekín su uso era un misterio. El embajador (lord Macartney) había dado algunas explicaciones vagas e imperfectas; pero como su excelencia las expresó en un susurro diplomático, en el mismo momento de ponerse en marcha, la mente celestial se vio escasamente iluminada y fue necesario convocar un consejo del gabinete para debatir tan importante cuestión de Estado: "¿Dónde se sentaría el emperador?". Resultaba que el paño que cubría el pescante era excepcionalmente suntuoso y, debido en parte a esa consideración, pero también en parte a que el pescante era el lugar más elevado y sin duda el más destacado, se decidió por aclamación que aquél sería el asiento imperial, y en cuanto al pillo que conducía, podía sentarse donde encontrara acomodo. Por lo tanto, después de enjaezar los caballos, acompañados por la fanfarria de la música y las salvas de los disparos, su majestad imperial ascendió solemnemente a su nuevo trono inglés, con el primer mandatario del tesoro a la derecha y el principal bufón a la izquierda. Pekín disfrutaba del espectáculo; y entre las gentes cargadas de flores, presentes por representación, sólo había una persona disgustada: el cochero. Este individuo rebelde, de aspecto tan torvo como sus verdaderos sentimientos, gritó con audacia: "Y yo, ¿dónde me siento?". Pero el consejo privado, indignado por su deslealtad, abrió unánimemente la portezuela y lo hizo entrar de una patada. Tenía todas las plazas del interior para él; pero tal es la rapacidad de la ambición que seguía insatisfecho. "Eh, oiga -gritó en una petición extemporánea, dirigida al emperador por una ventanilla-, ¿y cómo voy a sujetar las riendas?" "Como puedas -fue la respuesta-, no me molestes en mis momentos de esplendor: por las ventanillas, por las cerraduras..., como quieras". Al final, el terco cochero recurrió, para alargar las riendas, a la cuerda que se usaba para comunicarse con el exterior, y con ella guió el coche con mano tan firme como pueda suponerse. El emperador regresó tras un brevísimo circuito: descendió con gran pompa de su trono con la firmísima resolución de no volver a subir jamás. Se ordenó una ceremonia pública de agradecimiento porque su majestad había salido sano y salvo y no se había roto el cuello, y el coche se entregó para siempre como ofrenda votiva al dios Fo, Fo, al que las personas cultas suelen llamar con mayor exactitud Fi, Fi.

Thomas de Quincey, Confesiones de un opiófago inglés. La diligencia inglesa. Atalanta, 2007. p.127-8.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Encierro de Hölderlin

La madre de Hölderlin decidió su internamiento en el "Clinicum" de Johan H.F. von Autenrieth, pagando los gastos, una vez más, con la herencia de su hijo. Desde el 15 de septiembre de 1806 al 3 de mayo de 1807 permaneció éste en aquel sanatorio privado de carácter general de la Bursa-Gasse, cercana al Seminario de Teología. Era el primer enfermo mental que entraba allí, y Autenrieth había preparado un cuarto fortificado con barrotes de madera, donde se encerró a quien, por su indignada protesta ante la privación de libertad, se calificó de "loco furioso". No consta en los libros de la clínica que se aplicaran más que calmantes (desde la belladona al mercurio y al opio, combinado con cantárida). El médico había inventado una máscara de cuero que se fijaba a la cara del paciente, quien, atado, acababa por dejar de gritar; según él, daba "buenos resultados".

Federico Bermúdez-Cañete. Introducción a Friedrich Hölderlin. Antología poética. Cátedra, 2006. p.41

lunes, 19 de octubre de 2009

Cygnus X-1

Existen otros modelos para explicar Cygnus X-1 que no incluyen un agujero negro, pero todos son bastante inverosímiles. Un agujero negro parece ser la única explicación realmente natural de las observaciones. A pesar de ello, tengo pendiente una apuesta con Kip Thorne, del Instituto Tecnológico de California, de que ¡de hecho Cygnus X-1 no contiene ningún agujero negro! Se trata de una especie de póliza de seguros para mí. He realizado una gran cantidad de trabajos sobre agujeros negros, y estaría todo perdido si resultara que los agujeros negros no existen. Pero, en este caso, tendría el consuelo de ganar la apuesta que me proporcionaría recibir la revista Private Eye durante cuatro años. Si los agujeros negros existen, Kip obtendrá una suscripción a la revista Penthouse para un año. Cuando hicimos la apuesta, en 1975, teníamos una certeza de un 80 por 100 de que Cygnus era un agujero negro. Ahora, diría que la certeza es de un 95 por 100, pero la apuesta aún tiene que dirimirse.

Stephen W. Hawking. Historia del tiempo. Del Big Bang a los agujeros negros. Círculo de Lectores, 1988. p.154.

miércoles, 14 de octubre de 2009

El objetivo de la terapia

En una sesión psicoanalítica, el paciente se halla en una situación pasiva, sumisa y altamente desventajosa. Se tumba en un sofá sin ver al analista y se espera que asocie libremente, sin formular pregunta alguna. El analista está en pleno control de la situación, respondiendo raramente a cualquier pregunta, opta por el silencio o la interpretación y suele calificar todo desacuerdo de resistencia por parte del paciente. Las interpretaciones del analista, basadas en la teoría freudiana, explícita o implícitamente dirigen el proceso, manteniéndole dentro de los limitados confines de su estructura conceptual e impidiendo la posibilidad de extenderse a nuevos territorios. El terapeuta debe mantenerse desvinculado, objetivo, impersonal, no mostrar correspondencia alguna y controlar todo síntoma de «contratransferencia». [...] El objetivo de la terapia, tal como lo describe explícitamente Freud, es realmente modesto, teniendo en cuenta el tiempo, dinero y energía invertidos: consiste en «pasar del sufrimiento extremo propio del neurótico a la miseria normal de la vida cotidiana».

Stanislav Grof, Psicología transpersonal. Kairós, 2006. p.176-7

lunes, 12 de octubre de 2009

El bibliómano ignorante

De verdad que lo que estás consiguiendo es lo contrario de lo que quieres. Tú crees que por comprar compulsivamente los mejores libros vas a parecer una persona con cultura, pero el asunto se te escapa de las manos y, en cierto modo, se convierte en una prueba de tu incultura. Es más, ni siquiera compras los mejores, sino que confías en cualquiera que se ponga a elogiarlos y eres un chollo para quienes mienten sobre tales libros y un tesoro a punto para los que comercian con ellos. Porque, ¿cómo ibas a poder distinguir cuáles son viejos y muy costosos de los que son malos y además están envejecidos? ¿O es que puedes reconocer en qué medida están devorados y destrozados tomando a los gusanos como consejeros en el examen? Ya que de lo certeros o lo inequívocos que sean sus contenidos, ¿Qué forma de diagnóstico tienes?

Luciano de Samóstata, El bibliómano ignorante. Errata naturae editores, 2009. p. 35-6.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Alguien hundirá su cuchillo en la garganta de Kidok

-Alguien hundirá su cuchillo en la garganta de Kidok, le cortará las orejas y se las pondrá en la boca; luego le abrirá el pecho y le extraerá el corazón aún caliente. Después le cortará la cabeza y se la pondrá sobre el pecho. Luego le hará saltar los ojos y se los pondrá sobre la cabeza. ¡Eso le servirá de lección!

-Si lo matas -le advirtió Anarvik -ya nadie te recibirá en su iglú.

-¿ Ni siquiera tú?

-Ni siquiera yo. No recibimos asesinos.

Ernenek se quedó pensativo. La expulsión de la comunidad era la única pena conocida por esa gente que ignoraba la existencia de autoridades, códigos y prisiones; pero una pena temida, tanto como se teme la muerte, por quien considera la compañía humana como el más precioso de los bienes; y Ernenek se maravillaba de que un simple asesinato se castigara con tanto rigor, puesto que él mismo no veía en el acto de dar muerte a un hombre ningún mal. Después de todo, era precisamente lo que hacían los machos jóvenes de las focas cuando mataban a sus compañeros más viejos por la posesión de la hembra.

Y todo cuanto hacían las focas a Ernenek le parecía bien hecho.

Hans Ruesch, El país de las sombras largas. Ediciones del Viento, 2008. p.25

lunes, 5 de octubre de 2009

El pie

Es cosa singular que el pie del hombre -lo mismo que la mano, extremidad ésta con la que estamos si cabe más familiarizados, y acaso aún en mayor medida-, resulta rara vez hermoso en los adultos civilizados que transitan por el mundo con él embutido en botas y zapatos de cuero. Esa fealdad del pie motiva que prefiramos llevar esas partes del cuerpo vergonzosamente ocultas, como cosa que hay que esconder y olvidar. A veces los pies de las mujeres son verdaderamente espantosos, y son lo más antiestético que puede imaginarse en los individuos más bellos, más distinguidos y más perfectos de su sexo. Su fealdad, en ocasiones, es tal que hiela y mata todo romanticismo, haciendo añicos el tierno sueño del amor y amenazando, incluso, con partir el corazón del joven amante.

Y todo por la insistencia en usar un tacón alto y una punta de zapato ridículamente fina. ¡Mediocre espectáculo, por cierto!

George du Maurier, Trilby. Ed. Verticales de Bolsillo, 2008. p. 27-28